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¡Hagamos tendencia!

Es común cuestionar las redes sociales porque  se mueven en los límites de la anomia.

La Razón Digital / Adalid Contreras Baspineiro

07:08 / 03 de abril de 2017

Razones sobran para satanizar las redes sociales por su manejo antiético, de manipulación simbólica y fusilamiento de las normas gramaticales. Hay que seguir escribiendo sobre esto, pero también es necesario pensar sobre otros rasgos que caracterizan su funcionamiento, entre los que destaco la autoafirmación, el voluntarismo inorgánico, el desentornillamiento, el reensamblaje social y la entropía comunicacional.

La pauta para la “autoafirmación” nos la da Manuel Castells, cuando conceptualiza como autocomunicación a la capacidad ilimitada de generar/recibir mensajes y definir receptores en el ciberespacio. Ciertamente las redes sociales son efectivos sistemas de reproducción de mensajes, pero están lejos de ser solamente eso, puesto que son estallidos de creaciones multidiscursivas con un ingenio desbordante, reflejando una necesidad compulsiva de los cibernautas por expresar, participar y hacerse protagonistas, rubricando con identidad o anónimamente creaciones acumulativas de memes, videos, afiches, fotografías, canciones, grafitis, infografías y artículos que circulan y se reproducen a la misma o mayor velocidad que los acontecimientos.

En ciberpolítica, la “captología” es la producción coordinada de mensajes con identidad; y la “usabilidad” se refiere a la apropiación, reproducción y/o reconstrucción de éstos, también de manera organizada desde un cerebro o centro coordinador. Sin embargo, esta estrategia no es siempre aplicada, puesto que, por lo general, se dejan las redes libradas a su funcionamiento autónomo, generando con ello explosiones de “voluntarismo inorgánico” fabricante de reiteraciones, intoxicación y dispersión de mensajes en una vorágine inacabable de información.

Llamamos “desentornillamiento” al desplazamiento de las redes sociales desde las tradicionales formas de comunicación hacia tácticas explosionadas de “casi interacción”, en palabras de John Thompson, porque no obedecen a los cánones de las reciprocidades interpersonales ni masivas, sino que desarrollan procesos de intercambio simbólico-digital en comunidades virtuales donde “el otro” es intercambiado por un “nosotros” múltiple productor de mensajes, sentidos, sensibilidades y escrituras.

Más allá de este rasgo, las redes sociales tienen una inmensa potencialidad de movilización cuando sus cibercomunarios deciden tejerse y actuar en red y no solamente ser parte de una red. En las prácticas tradicionales el plantón, el bloqueo y la marcha son expresiones de multitudinarias presencias que articulan individualidades en un bloque de fuerza. Con las redes sociales los tuitazos o whatsappazos multiplican por cientos de miles los números de participantes que buscan “hacer tendencia”. A este rasgo, siguiendo a Bruno Latour, le llamamos “reensamblaje social” de articulación de las individualidades en un funcionamiento de complementariedades comunitarias.

De todas maneras, viralizar mensajes o hacer tendencia son procesos que no están exentos de un sentido de “entropía comunicacional”, o pérdida de energía y de comunicación, porque tiende a confundirse con un efecto de ilusión autocomplaciente por la que cada cibercomunario se cree “el” autor de resultados, que sin duda se explican en una multiplicidad de otros factores.

Es común cuestionar las redes sociales porque se mueven en los límites de la anomia, abusando de la libertad de expresión. La historia no es nueva, pues en su tiempo la radio y la televisión infundían los mismos temores hasta que se las desmistificó y diversas experiencias las pusieron al servicio del desarrollo. ¡Hagamos tendencia educomunicativa con las redes sociales!, sí se puede.

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