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La ballena azul

El juego opera a través de un virus que infecta los dispositivos y se adueña de la información personal.

La Razón (Edición Impresa) / Eliana Quiroz

07:23 / 01 de mayo de 2017

Tan rápida como confusamente este juego suicida ha tomado las redes sociales en Bolivia tal como lo ha hecho previamente en otros países donde adolescentes han comenzado a jugarlo. El morbo, el temor a lo desconocido y la necesidad básica de proteger a los nuestros hace difícil entender sus implicaciones y lo que realmente está en juego. Consiste en cumplir 50 retos, uno por día, hasta llegar al último que es quitarse la vida. Para esto se da un primer contacto por WhatsApp o Messenger. Algunas veces el contacto lo busca el curador o administrador del juego, y en otros, los mismos adolescentes, solicitando en sus redes sociales un curador que los guíe en la autoeliminación.

La razón por la que los jóvenes inician el juego suele ser diferente a la que les hace permanecer en él. El curador los amenaza y aterroriza con matar a familiares, y para convencerlos que la amenaza es real, muestra información personal del joven: familiares, colegio, domicilio, videos que filma con las cámaras frontales de computadoras y celulares de los propios jóvenes. Al ver esto, a los adolescentes se les hace muy difícil dejar el juego. Varios lo han hecho y se sabe que los familiares han recibido llamadas amenazadoras, pero no se ha reportado ningún daño físico causado por un tercero.

Lo primero que hay que mencionar es que esto opera a través de un virus que infecta los dispositivos y se adueña de la información personal que haya sido compartida por cualquier medio digital: e-mail, Skype, Twitter, Facebook, WhatsApp, etc.

Esto no está ejecutado por una mafia enorme y poderosa que se pudiera haber apoderado de internet para obligar al suicidio de menores, sino que debido a la publicidad que este juego recibe, grupos de suicidas o grupos de la muerte que existen hace varios años en la web “salen a la caza” de adolescentes depresivos y con tendencias suicidas y, por otro lado, adolescentes depresivos encuentran grupos de apoyo para tomar valor y suicidarse. Esto es posible solo con la información que publicamos y compartimos en internet.

Lo segundo es que la paranoia generada por este juego se ha convertido en argumento suficiente para acceder a información privada de la ciudadanía, violar derechos digitales y regular los contenidos de las redes sociales, para defendernos de las grandes mafias, dicen los gobiernos y las grandes empresas de la web. Esto ya ha pasado en Rusia, por ejemplo. En este caso está en juego el derecho a la privacidad de datos personales.Es un triste ejemplo del valor que tienen nuestros datos personales. Espero que algunas personas que dicen no importarles que accedan a su información personal en web tengan ahora una motivación para repensar su posición.

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