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Santa Vera Cruz: el elogio a la fertilidad

Santa Vera Cruz, la fiesta de la fertilidad, es parte constitutiva del ‘buen vivir’ del mundo andino.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

06:49 / 02 de mayo de 2017

Mientras hay sectores que dicen que por el puro deseo de conservar la especie, la humanidad pronto acabará por ahogarse en su pequeña tierra. Hay mujeres que hacen plegarias para tener hijos. La crítica contra esta fecundación descomunal es muy común, particularmente entre aquellos “especialistas” que sostienen que el acelerado proceso demográfico es una amenaza en ciernes para el propio hombre. Más allá de estas predicciones apocalípticas, las realidades concretas aportan elementos culturales para entender la fertilidad, soslayando el mero ejercicio matemático. Veamos.

Hoy se celebra Santa Vera Cruz, la fiesta de la fertilidad. Esta festividad es parte constitutiva de la cosmovisión andina, que articula la fecundidad humana con la producción agrícola. Esta mitología andina es de larga data. Se remonta al periodo precolonial, a partir de la cosmovisión de la fecundación de la tierra: se forja la propia fecundidad del hombre y, sobre todo, de la mujer andina. No es casualidad que en la ritualidad de la fiesta de Santa Vera Cruz existan tres elementos constitutivos articulados entre sí, tanto en las oraciones como en las coplas: la tierra, los animales y el hombre.

Son imágenes conmovedoras aquellas de mujeres que, aflorando su espíritu maternal innato, se postran a los pies del Tatala con pequeños muñequitos en sus manos, pidiendo con devoción la remisión divina de la procreación. La mitología dice que cuando una familia ya no quiere tener más wawas, entonces la señora deja un muñequito a los pies de la imagen. Y allí también están presentes las mujeres que por alguna razón no pueden procrear; quienes procuran agarrar uno de los muñequitos, con la esperanza de que algún día ellas también llegarán a ser madres.

Esta fiesta fue considerada como “pagana” por las “orgías” que impulsaba, y fue prohibida por las autoridades clericales durante la Colonia. Sin embargo, la resistencia de los devotos impidió la supresión de esta fiesta, e incluso hoy se ha ido expandiendo, convocando a feligreses urbanos que, conjuntamente con los que llegan del área rural, configuran un espacio de interacción social. A pesar de los hostigamientos de sectores moralistas puritanos o los embates de la globalización, la fiesta de Santa Vera Cruz sigue vigente, ya que es parte constitutiva del “buen vivir” del mundo andino.

Hoy llama la atención la presencia de mujeres con problemas de fertilidad que vienen de la ciudad con la esperanza intacta y aferrada a la mitología andina de la concepción. En un intento desesperado (quizás el último), esas mujeres asisten a la fiesta a pedir una wawa. Muchas de ellas no solo están condenadas biológicamente a la infertilidad, sino que además sus esperanzas de adoptar un hijo se agotan debido a un sistema judicial burocrático y corrupto, que convierte ese derecho en un laberinto kafkiano. Mientras tanto, hay niños huérfanos que viven hacinados en orfanatos con la ilusión de algún día recibir un cariño maternal. Pero lamentablemente en muchos casos ese día nunca llega, por la inclemencia de un sistema jurídico deshumanizado que solo funciona sobre la base de coimas. Ante esta dramática situación, como si fuera el último aliento de Sísifo, a aquellas mujeres que no pueden concebir y se les niega el derecho de adoptar niños no les queda otra salida que postrarse devotamente a los pies del Tatala de Santa Vera Cruz.

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