Columnistas

Democracia, revolución y los imprescindibles

Tal parece que las grandes lecciones de este hecho no están siendo asimiladas por nuestro Gobierno.

La Razón (Edición Impresa) / Daniel Loayza Tórrez

06:50 / 02 de mayo de 2017

Ha transcurrido un tiempo prudente desde de la segunda vuelta en Ecuador, en la que el candidato oficialista por el Movimiento Alianza País (de izquierda), Lenin Moreno, logró vencer al opositor Guillermo Lasso, del Movimiento CREO - SUMA (de derecha); y tal parece que las grandes lecciones de este hecho no están siendo asimiladas por el gobierno de nuestro país. Analicemos los aspectos más relevantes.

Rafael Correa al no insistir en habilitarse “constitucionalmente” para las elecciones presidenciales, (lo que lo hubiera logrado sin mucho trámite), que en su primera vuelta se registraron el 19 de febrero, demostró ser un líder en todo el sentido de la palabra, porque priorizó el proyecto de su gobierno antes que personalizarlo en él. Asimismo, la victoria de Moreno expuso que Correa tuvo la capacidad de construir una estructura y una dinámica partidaria política que solo un líder con un alto sentido democrático puede lograr. Prueba de ello es que naturalmente, y por los conductos regulares internos de su partido político, se generó un candidato con la suficiente capacidad para tomar la posta y enfrentar a la derecha ecuatoriana en la plenitud de sus condiciones materiales (como dirían los marxistas). Vale decir, una economía que muestra números rojos producto de la caída del precio internacional del petróleo y las denuncias de corrupción.

En la misma línea Correa demostró a América Latina y a todo el mundo que en los procesos revolucionarios no existen los líderes insustituibles, no existen los imprescindibles. Es más, expuso que una revolución bien puede y debería ser retroalimentada con otros actores, respetando y fortaleciendo las directrices esenciales del proyecto. Correa fue también el artífice de un nuevo sistema político ecuatoriano con otro actor, otra alternativa, sistema que definitivamente arrinconará por un buen tiempo a la derecha. La que no morirá, está claro, y de que no se reactive como en Brasil o en la Argentina dependerá de los nuevos actores, obligados a reconducir el proceso, sobre todo en la lucha contra la corrupción.

Por otra parte, Ecuador nos enseñó que democracia y revolución pueden ser perfectamente compatibles cuando se unifican en la búsqueda de mejorar las condiciones de vida de los más necesitados, y se hacen opuestos y se repelen cuando los intereses mezquinos personales y de grupo son los que priman.

Por todo lo expuesto, cabe preguntarse ¿quién fue el gran vencedor de esta coyuntura política electoral en el Ecuador? Con toda seguridad, Rafael Correa, quien actuó, más que con desprendimiento, con inteligencia. Accionar que le valdrá no solo el reconocimiento histórico de haber jubilado a toda una generación de políticos conservadores y elitistas en el Ecuador, sino también la vigencia activa por mucho más tiempo en la política de su país.

Ahora bien, tomando en cuenta estos antecedentes hay que preguntarse ¿qué pasa con la política de nuestro país? Pues parece que nos hemos anclado en los obsoletos esquemas de la izquierda tradicional de principios del siglo XX. O peor aún, pareciera que nos hemos embarcado en contrarruta en un vagón del tren del socialismo del siglo XXI chavista, a punto de chocar frontal y mortalmente contra la inteligencia y el sentido común.

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