Columnistas

Los franciscanos en el Chaco colonial

Los franciscanos establecieron varias misiones-reducción sobre todo en esa zona del Piedemonte.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

09:07 / 04 de junio de 2017

Con la expulsión y poco después la supresión de los jesuitas en Sudamérica muchas de sus reducciones-misiones pasaron a manos de los franciscanos, primero españoles, y tras la independencia, italianos. El caso más simpático es el del hermano lego Francisco del Pilar, primero en Saipurú y a partir de 1740 en Pili Pili, cerca de La Laguna (hoy Padilla), en Chuquisaca.

Francisco del Pilar estaba ya con los indígenas chané en el Piedemonte chaqueño cuando el gobierno colonial les dotó también de ese nuevo territorio, a cambio de que le apoyaran peleando allí contra otros enemigos, posiblemente también chiriguanos. Inicialmente aceptaron esta propuesta. Pero con el tiempo se olvidaron de ese compromiso y se hicieron más independientes. Francisco vivía en una chocita y aceptaba las tareas que le pedía la comunidad, y en particular en el área de su especialidad, la construcción, por ejemplo para montar una escuela frugal, pero también recogiendo basura... o lo que se presentara.

Del Pilar nunca hablaba espontáneamente sobre temas religiosos. Transcurrido algún tiempo, en 1767 se le unió otro franciscano que sí era sacerdote. Pidió permiso a la comunidad y se lo dieron. Construyeron juntos una pequeña capilla a la que invitaban a quienes quisieran saber más de su Dios. Y así empezaron con un trabajo más pastoral, pero solo con quienes lo deseaban. No sabemos de la ulterior evolución de esa experiencia, salvo que hasta ahora existe allí un lugar llamado Pili Pili, hoy totalmente quichuista...

Los franciscanos establecieron varias misiones-reducción sobre todo en esa zona del Piedemonte, en las que solían tener dos plazas; una para los conversos y otra para los “gentiles”. Ese desarrollo, no exento de tensiones y contradicciones, también daba mayor seguridad y recursos a todo el conjunto. Todo ello mostraba un rostro más humano de la penetración colonial en comparación con lo que ocurría en otras partes. Aunque a su vez algunas misiones eran también objeto de ataques, sea por parte de otros chiriguanos más reacios a todo el proceso colonizador, o también por parte de colonizadores más militarizados. Por eso varias misiones se abrieron, cerraron o reabrieron en el curso de aquellas últimas décadas coloniales.

Las rebeliones empezaron a menudear sobre todo en las últimas décadas del siglo XVIII, ya cerca de la independencia (1825). La primera fue en 1779, liderada por el tüpa u hombre-dios de Masavi, que todavía no era un reducto, contra aquella primera misión de Abapó, algo más al norte. En los varios relatos de entonces llama la atención la permanente mezcla sincrética entre componentes guaraní y cristianos.

En 1787 se rebeló Maruama en Saipurú, quien rechazó seductores regalos del gobernador Viedma, y frente a las tropas virreynales, muy superiores, prefirió incendiar y abandonar la comunidad, que desde entonces se transformó a la vez en misión y fortín español de avanzada.

Llegada la llamada independencia en el tardío 1825, la principal innovación fue que todos aquellos franciscanos de origen español tuvieron que irse, hasta que varias décadas después fueron reemplazados por otros franciscanos italianos, antes y después de la unificación de ese país con Garibaldi. Pero eso lo dejamos para la siguiente entrega.

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