Columnistas

Venezuela asediada

Lo que no se le perdona a Venezuela es la osadía de insubordinarse y de llamar a la insubordinación.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

08:52 / 09 de julio de 2017

Lo que está pasando en Venezuela evoca episodios que se me vienen al corazón inevitablemente: la Bolivia de Juan José Torres o la de Siles Zuazo con la UDP, el Chile de Salvador Allende y más recientemente el Brasil de Dilma Rousseff. Toda revolución nace para ser derrocada, pareciera el sino trágico.

No pretendo desmenuzar la coyuntura venezolana en curso, porque a estas alturas la maraña es laberíntica e insondable. Verdad y mentira se interpolan en un escenario construido pacientemente por el depredador bajo guion de hierro donde los personajes ingresan cada uno a su tiempo a cumplir el libreto. En la cúspide de la conflictividad la trama vislumbra un desenlace inevitable, aparentemente. ¿Crónica de una muerte anunciada?

La estrategia de desgaste ha sido posible no solo por el seguimiento de una ruta sesudamente trazada, sino también —hay que decirlo— por la escalada de desaciertos y omisiones que debieron oportunamente entrar en la autocrítica y el ajuste bolivarianos. Una economía mal llevada en contextos de riqueza, precios y mercados tan favorables es incomprensible, por decir lo menos. Y esos errores históricamente lo suelen pagar las generaciones.

Las manifestaciones callejeras de hoy en Caracas hacen eco a los cacerolazos que tumbaron a Salvador Allende por las mismas causas: desabastecimiento, carestía, inseguridad; pero que, no obstante su legitimidad, terminaron auspiciando la noche más oscura de la historia chilena, y sufriéndola. En Bolivia los desvaríos sindicales de 1970 fueron instrumentales a la crucifixión de J. J. Torres, y con él la de todo el pueblo en la era del martirio. La desdolarización del ahorro en la UDP afectó por décadas la confianza y la autoestima de millones de ciudadanos bolivianos, y la hiperinflación fue el impuesto más atroz. Y así sucesivamente. Las causas progresistas suelen inocularse su propio veneno, facilitando la acción de la rapiña.

Aun reconociendo esto, la situación de Venezuela apesta a conspiración; una más en América Latina. Es lógico suponer que las descomunales reservas energéticas de ese país hermano incitarían la ambición de quienes por siglos ostentan altos estándares de vida basados en la expoliación y el saqueo. Es natural inferir que la geopolítica de Venezuela pudo gravitar determinantemente en la región a partir del cambio de paradigma político y social emprendido al inicio de este siglo XXI, y que ese rango de influencia había que abortarlo en preservación del control hegemónico. De hecho, en buena salud, Venezuela había generado tribunas de soberanía como el Alba, Unasur, Petrocaribe y su propia adhesión al Mercosur (tan resistida, curiosamente); amén de alianzas bilaterales de fortalecimiento recíproco. Y también había propiciado otras órbitas internacionales demostrando al mundo que sí era posible la construcción de un nuevo orden internacional de contrapeso a la polaridad unívoca del norte globalizador.

Eso es lo que no se le perdona a Venezuela: la osadía de insubordinarse y de llamar a la insubordinación. Tampoco se le perdona la reivindicación de oportunidades, servicios, programas de vivienda digna, etcétera, para amplios sectores sociales secularmente segregados que al fin sintieron que la patria los cobijaba.

Venezuela se ahoga en sus propios errores, probablemente; pero el escenario de tempestad lo levantan asociadamente una oposición que no arredra en sumar muertos, una bien articulada red internacional de comunicaciones operando sistemáticamente en la suplantación de realidades, y un organismo hemisférico paradójicamente subalternado a intereses que desde la oscuridad aguardan por el botín. El mundo, con honrosas excepciones, mira a otro lado. Gloria al bravo pueblo.

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