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Codificación

El término “código” viene del latín codex, que hace referencia a la colección de leyes sobre una misma materia, y que convoca por antonomasia al Codex Iuris de Justiniano, obra recopilatoria del año 534 d.C., pero también al Código Civil de Napoleón de 1804, documento que funda la modernidad jurídica.

La Razón (Edición Impresa) / Farit Rojas Tudela

07:01 / 31 de julio de 2017

El término “código” viene del latín codex, que hace referencia a la colección de leyes sobre una misma materia, y que convoca por antonomasia al Codex Iuris de Justiniano, obra recopilatoria del año 534 d.C., pero también al Código Civil de Napoleón de 1804, documento que funda la modernidad jurídica.

Cuenta el pensador francés Michel Foucault que entre el siglo XII y XV la Iglesia Católica recuperó el Derecho Romano (pues el Codex Iuris de Justiniano se concretó en el imperio bizantino) y la institución encargada de estudiarlo y comprenderlo en su magnitud fue la legendaria Escuela de Bolonia, en cuyo honor se realizan los acuerdos de educación europea de 1999. En esta escuela nacen la exégesis y los glosadores. Pero sucede algo muy curioso. La Iglesia reserva este corpus de leyes, y en si el modelo de gestión de gobierno y poder, a los reinos y nacientes Estados católicos y no lo compartirá con los protestantes. De esta manera se puede ver, aunque no es una regla, que los Estados protestantes tienden al Common law; en tanto los Estados y gobiernos católicos, al sistema de codificación romanista.  

La codificación trata, como lo decíamos, de una gestión de gobierno y de poder; y es que el Codex Iuris traía consigo un monopolio de la legislación y de la interpretación del derecho en manos del emperador. Recordemos que el código se lo pensó como un cuerpo unificado y coherente; su estudio se lo llevó a cabo a partir de otros textos llamados institutas y las actualizaciones del Codex las realizaban los jurisconsultos de Justiano a partir de textos denominados novelas. Nada escapaba al derecho del emperador, nadie podía interpretar el Codex sin la sombra del emperador.

Esta lógica la vemos renacer una vez más en el proceso de codificación francesa, aunque con un aura mucho más racionalista, en la que Napoleón buscaba asegurar que nadie pueda interpretar el Código. Así, cuando Jacques de Maleville, desde el Consejo de Estado, analizó el Código en 1805, Napoleón exclamó: “Oh, mi Código está muerto”. Esta tensión de la interpretación literal del contenido del Código es el que da nacimiento al método exegético de interpretación literal de la norma.

El Código y la codificación han sido los dispositivos de vigencia del llamado positivismo jurídico. Y si bien para los franceses la redacción del Código debía ser tan clara y precisa que el pueblo llano, sin la mediación de abogados, debería poder entenderlo; para los germanos, por influencia de Savigny, el Código Civil (en este caso el prusiano) debía ser una herramienta jurídica de lenguaje especializado para el cual era necesaria no solo la intervención de juristas, sino también el desarrollo de una doctrina jurídica en relación con la letra del Código, pero no en relación con la Justicia.

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