Columnistas

Desistiendo del amor romántico

Muchas mujeres siguen aferradas a una idea romántica del amor que las mantiene en relaciones tóxicas.

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

07:02 / 31 de julio de 2017

Las mujeres hemos transformado el mundo, pero no logramos cambiar el amor. La dependencia emocional sigue siendo una cuestión pendiente en la que el amor romántico encuentra asidero; y con ello, el germen de la violencia de género hecha raíz. Según un reciente estudio de la socióloga española Carmen Ruiz Repullo, la emancipación de las mujeres conlleva independencia económica y política, pero no necesariamente avanza en la autonomía emocional. Ello explica que muchas mujeres sigan aferradas a una idea romántica del amor que las mantiene en relaciones tóxicas que muchas veces pueden costarles la vida.

Y es que ¿quién puede sospechar del amor? ¡Ese maravilloso sentimiento que nos ciega y transforma! Estas frases tan comunes podrían estar encubriendo la arquitectura intencionada del patriarcado para perpetuar las desiguales. La sociedad machista sigue socializando a las mujeres para que nuestra vida se complete solo cuando tenemos pareja e hijos; y es tal la presión social para cumplir este mandato que muchas veces callamos la violencia de género que puede conllevar. Así, como diría Kate Millet (1984), “Mientras nosotras amamos, los hombres gobiernan”.

El amor romántico, como construcción social, se compone de eficaces mitos. El trabajo de Ruiz se concentra en los cuatro más vigentes. El primero son los celos. “El que ama cela porque el amor es celoso”. El segundo se refiere a la supuesta vida incompleta que vivimos hasta “encontrar a nuestra media naranja”. Un tercer mito que la autora refiere es el cambio que provoca el amor; “besa un sapo y se convertirá en príncipe”, dice la historia. Por último, y tal vez el más peligroso, es el vínculo creado por el romanticismo entre amor y sufrimiento. Nos han dicho que “quien nos quiere nos hará sufrir”. Nos han enseñado un modelo de amor donde el sufrimiento es el centro, y para ello trabajan los cuentos, las películas, las canciones, las telenovelas... y así es muy difícil detectar la trampa.

Y los jóvenes (tan modernos ellos) caen con mayor facilidad. La llegada de las tecnologías, sobre todo vinculadas a las redes sociales, no ha supuesto una nueva forma de amar. Es más, están contribuyendo a sofisticar las relaciones de poder y control vinculadas al amor romántico. El amor transita de los espacios offline a lo virtual sin mover un ápice de su esencia; y sobre todo entre los jóvenes las redes sociales son el espacio donde se expresa, se vive, se potencia ese amor romántico del siglo XIX.

No creamos que acabar con la violencia de género requiere terminar con el amor. Tenemos más bien que transformar su significado y su mandato de sufrimiento. Para ello hay que iniciar nombrándolo y conociendo sus características. Se trata de un tipo de afecto que, se presume, ha de ser para toda la vida (te querré para siempre), exclusivo (no podré amar a nadie más que a ti), incondicional (te querré, pase lo que pase) e implica un elevado grado de renuncia (te quiero más que a mi vida). Si escuchas algunas de estas expresiones de cariño, sal corriendo, porque estás en peligro.

El amor romántico, como construcción social, está detrás de muchas de las formas de violencia de género que sufrimos las mujeres, develarlas es una cuestión prioritaria. Carmen Ruiz nos confirma: “En la medida en que deconstruimos la socialización que hemos recibido, en la medida en que nos cuestionamos qué somos, el amor se va modificando hacia formas mucho más igualitarias y, por tanto, más libres”.

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