Columnistas

Lo que Arce no leyó

El Ministro de Justicia entregó el expediente ventilando dos mentiras fácilmente detectables.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

07:04 / 31 de julio de 2017

El pasado 27 de julio, el ministro de Justicia, Héctor Arce, condujo una conferencia de prensa acompañado por el canciller, Fernando Huanacuni, y por Gonzalo Trigoso, viceministro de Transparencia y Lucha contra la Corrupción. A los periodistas invitados no se les permitió formular preguntas.

Presenciaron en silencio la transferencia de un caso judicial que no pudo llegar a la imputación, con el que las autoridades pretendían enjuiciar a Pablo Solón, exembajador de Bolivia en Naciones Unidas, y a mí, que heredé sus funciones tras su renuncia.

Es de aplaudir que Arce se haya desprendido de esa investigación entregando la documentación a quien corresponde: la instancia para la que trabajamos hace tantos años y que tiene plena tuición y conocimiento sobre los hechos. No se trata de un caso de corrupción, porque no estuvo en juego ni un centavo del erario público y menos de un caso penal. Huanacuni, quien ejerció como jefe de protocolo en ese tiempo, tiene mucho que comentar sobre este particular.

Lo preocupante es que Arce haya entregado el expediente ventilando dos mentiras fácilmente detectables con solo atisbar en detalle lo que para él parece ser la única prueba del “delito”. El ministro leyó una carta dirigida al Secretario General de Naciones Unidas en la que Solón me presenta como el “representante permanente alterno” de Bolivia ante esa organización. La carta es del 19 de enero de 2011. Yo acababa de llegar a Nueva York y Solón ya era el representante del país desde hace dos años. Con esa carta, el Estado pretendía probar un nombramiento ilegal. ¿Desde cuándo presentar es designar? Sin embargo, al leer el texto, el ministro se comió casualmente una palabra: “alterno”. No fue un lapsus ministerial, porque al dejarla fuera, él sabía que estaba induciendo al engaño. Solón nunca pudo haberme presentado como representante permanente, sino como alterno, que es lo que yo fui desde el día en que acepté ese trabajo. Más aún. En una conferencia de prensa debidamente registrada en julio de 2011, el presidente Evo Morales me califica como “representante de Bolivia en Naciones Unidas”. ¿Error presidencial?, ¿fue Evo parte del teatro?

La segunda mentira de Arce también es imperdonable, porque no es una omisión en la lectura, sino un agudo desfase temporal. Arce dijo que Solón envió esa carta cuando estaba dejando su cargo; es decir, que se habría ido designando a un sucesor elegido por él y a espaldas del Estado. No quiso aclararles a los periodistas que Solón renunció a fines de junio de ese año y no en enero, el mes de la carta mal leída.

Arce comenzó diciendo que se cometieron irregularidades y luego se animó a escalar a la palabra “delito”. Nunca supo explicar el meollo del asunto: ¿cuál habría sido, para Solón o para mí, el beneficio resultante de esa supuesta farsa?, ¿hubo dolo? En ese escollo infranqueable hubiese chocado la acusación si es que terminaba siendo aceptada por la Justicia.

El caso no solo es un montaje mal configurado, sino que abre una interrogante mayor que nadie ha planteado hasta ahora. ¿Por qué Bolivia quedó durante 14 meses sin un embajador designado? Tengo un par de hipótesis, pero hoy me las reservo.

Si el Canciller receptor de la documentación es serio, podría entregarla al análisis de sus juristas para desestimar esta onerosa pérdida de tiempo y concentrarse en asuntos vitales como las relaciones con Chile o con Brasil. Por parte de los genuinos defensores de ideas, convendría emplear el razonamiento y no la revancha judicial para hacer valer argumentos y políticas públicas.

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