Columnistas

Conspiración en tiempos del WhatsApp

Estos medios digitales se han convertido en espacios de adoctrinamiento político.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

06:44 / 23 de enero de 2018

De pronto, desde las sombras, desde un “no-lugar” que no se identifica, oculto aunque se lo percibe, alguien, o mejor dicho un aparato político, mueve los hilos de la telaraña de una cadena de enlaces de grupos de WhatsApp, como si se tratase de una mano negra. Allí aparece en la pantalla de los teléfonos móviles de las personas conectadas a una gran cantidad de barrios, desparramados por doquier en toda la ciudad.

Estos enlaces fueron creados antes del paro ciudadano en Cochabamba. Casi parodiando a lo sucedido los días previos al 11 de enero de 2007.

En aquel entonces los mensajes de texto (SMS) sirvieron para que los ciudadanos de los barrios residenciales cochabambinos marcharan contra el gobierno de Evo Morales. Allí se puede encontrar la referencia originaria del uso de las nuevas tecnologías de comunicación para la movilización política de los ciudadanos en Bolivia.

Hoy determinados sectores urbanos sienten malestar respecto al Gobierno. El discurso movilizador se concentra en el rechazo al Código Penal y al fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) que habilitó a las actuales autoridades a una nueva postulación para sus cargos públicos.

A partir de allí, el clivaje democracia/autoritarismo cobró un efecto interpelador significativo.    

Ese discurso movilizador tiene en las redes sociales, particularmente en WhatsApp, un instrumento que sirve por ejemplo para articular grupos de promociones y otras familiaridades, los cuales utilizan este medio para entretejer, por la vía de la evocación nostálgica, relaciones emocionales de la adolescencia o la juventud. Las experiencias en otros países sobre estas redes sociales han demostrado que existe un empoderamiento de la ciudadanía; quizás por esta razón hoy esos dispositivos comunicacionales encauzan, entre otras cosas, la organización de la movilización ciudadana.

No obstante, en estos espacios whatsapperos no se permite la disidencia con aquella matriz discursiva rectora. A los osados que se atreven a debatir y, aun peor, a cuestionar se los elimina del grupo. Y pensar que estos espacios podrían servir para concretar el sueño que Jürgen Habermas condensa en su Teoría de la Acción Comunicativa, y que consiste en aquella fuerza racional que se fundamenta a partir de las verdades sometidas a crítica. No, estos medios digitales se han convertido en espacios de adoctrinamiento político. Incluso se envían tutoriales difundidos a través de YouTube que sirven para organizar la resistencia; y en este caso en concreto ante el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS).   

Aun peor, en determinados grupos se destilan mensajes distorsionados respecto al nuevo Código Penal como parte de esa estrategia conspirativa en curso. Se difunden mensajes racistas como elemento diferenciador que sirve para la movilización, organización e instigación de algunos sectores urbanos. Por la prolijidad de su organización y la configuración de sus redes digitales, pareciera que no es fruto de una iniciativa ciudadana, sino, algo orquestado por un aparato político afín quizás a la derecha conservadora.    

La conspiración es parte del juego político. Su esencia radica en montar mentiras. En estos tiempos, la política tiene un modus operandi distinto, otorgado por los nuevos sentidos gracias a las redes sociales, aunque con el mismo propósito conspirativo: desfigurar al enemigo político que hoy está encarnado en la imagen del Presidente. Quizás esa conspiración política y los errores gubernamentales hayan configurado un resquicio para perforar el liderazgo de Evo Morales.  

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