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Julio Mantilla: un constructor de la democracia

Su gestión (1991-1992) no solo fue brillante y novedosa, sino también administrativamente impecable.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Soria Galvarro

22:15 / 11 de agosto de 2018

Hace mucho tiempo recibí una emotiva carta, lamentablemente nunca respondí. Volver a leerla ahora me recuerda que en agosto, hace seis años, falleció el remitente: Julio Mantilla Cuéllar. Nuestra vieja amistad, el compromiso militante que nos unía y mi conocida relación con el gremio periodístico hacían suponer a Julio que podía ayudarle a frenar el acoso de los medios que actuaban contra él como fiscales, jueces y verdugos implacables, sin investigar y menos aún presumir su inocencia. Error o ingenuidad, era casi nada lo que yo podía hacer.

Hablé con unos pocos colegas, especialmente con quienes habían sido alumnos en los 15 años que ejercí la docencia universitaria en Comunicación Social. Pero, ahora lo confieso, no hice lo principal y más importante, decirle a Julio que personalmente le creía y que contara con mi apoyo solidario. Por ello, me dolió el doble su temprana partida en la localidad valluna de Sipe Sipe, cercado por la soledad, la amargura y la ingratitud de propios y extraños.

Había nacido en 1952 y se reclamaba nativo de Huaychu (provincia Camacho). Dotado de una sólida formación académica y una abundante producción intelectual, se distinguió como docente universitario, pero tuvo también un interregno en la esfera pública en la que “conoció, sufrió y sobrevivió a los roles de diputado nacional, alcalde, concejal de la ciudad de La Paz, y prefecto del departamento (...)”.

Mantilla dice en su carta que dentro de Conciencia de Patria (Condepa), partido liderizado por el “compadre” Carlos Palenque, y como alcalde municipal intentó la reconfiguración del proyecto popular planteando, como principio motorizador, la recuperación del orgullo aymara y mestizo.

“Volcando la tendencia señorial del maclinismo (de Ronald McLean, expresión del banzerismo en el ámbito paceño, CSG), prioricé aquellas obras que beneficiaban directamente a los barrios más deprimidos de la urbe, desarrollando esquemas de fortalecimiento de las unidades de producción familiares y semiempresariales”.

Imposible no recordar el debate televisivo que contribuyó a la llegada de Julio a la Alcaldía en 1991. MacLean intentó mofarse de la supuesta formación libresca del “sociólogo” Mantilla, pero en pleno debate el tecnócrata desarrollista se desayunó con la noticia de que su contrincante era un consumado economista, especializado en Planificación y Desarrollo, y con varias maestrías en ciencias sociales. Pero lo mejor estaba por llegar. Mantilla terminó su exposición hablando fluidamente en aymara. A McLean ¡trágame tierra! se le desmoronó su estantería. Pálido, lívido, descolocado y turulato improvisó una lúgubre despedida. La victoria de Mantilla estaba cantada.

Su gestión (1991-1992) no solo fue brillante y novedosa, sino también administrativamente impecable, como lo dice en su carta al recordarnos que ejecutó el equivalente de más de 160 millones de dólares, sin observación alguna. Acompaña documentación demostrativa de la injusta persecución de que fue objeto por hechos ocurridos mucho después, cuando el ya no era autoridad ejecutiva, sino un simple concejal.

Al término de su gestión, su popularidad creció de tal manera que varias tiendas políticas quisieron captarlo como candidato vicepresidencial. Se desataron los celos en la cúpula condepista, y en vez de apuntalarlo lo hicieron a un lado de la peor manera. Ante esta “brutal arremetida”, dice Mantilla, “intenté una jugada riesgosa, que hoy reconozco constituyó el primer gran error político, la alianza con el MNR”.

La carta de Julio es un documento humano conmovedor, por lo que se publicará completa en el blog carlossoriag.com. Ojalá ayude a remover mezquindades y a superar sectarismos políticos para dar a Julio Mantilla Cuellar el lugar que le corresponde en la construcción democrática del país y, sobre todo, en el municipio paceño, que contribuyó a denigrarlo y después lo echó en el olvido.

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