Columnistas

Los regalos del Diablo

‘Desde hace siglos a los poetas les atrae la imagen terrible del gran adversario, su tétrica grandeza, su tristeza atroz’.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia Quiroga

09:51 / 02 de septiembre de 2018

Los bolivianos tenemos una relación fraterna con la idea del Diablo, y mezclamos sus innumerables representaciones con la idea de lo divino y lo terrenal. Nunca pensamos que este ser, importado durante la conquista ibérica (cuyos protagonistas todavía no salían del medioevo), tiene que ver con un ángel rebelde. Su entorno se define con un parangón teológico maniqueísta, parecido a un algoritmo irrefutable: si existe Dios, que es el bien; luego, existe el Diablo, que es el mal y éste gobierna el mundo. Punto.

Según explica el teólogo Matías J. Scheeben, los seres humanos le pertenecemos al Diablo, porque desde que Adán sucumbió a sus tentaciones, quedamos separados de la unión con Dios, y ahora estamos sujetos a él y constituimos su reino sobre la tierra.  

Giovanni Papini, autor de un famoso texto sobre el diablo publicado en 1954, asegura que esta relación fue abandonada por filósofos y teólogos porque siempre la consideraron una discusión innecesaria; en cambio “(...) los poetas y los novelistas, es decir, los artistas, mucho más sensibles a los efluvios espirituales, y que conocen la vida humana y sobrehumana más de cerca que los ‘juglares’ del concepto, no son del mismo parecer. Hace ya algunos siglos que los poetas han ocupado el puesto del que desertaron los filósofos y teólogos. Desde hace siglos les atrae la imagen terrible del gran adversario, su tétrica grandeza, su tristeza atroz (...) Después de dos guerras mundiales (...) se advierte que no es solo una creación poética, sino también uno de los protagonistas de la historia”.

En hebreo se le llama Satán, es decir, el “adversario”. Según la traducción griega, el Diablo es el “acusador”, el “calumniador”. En las tierras altas de Aby Ayala los conquistadores lo asimilaron a Supay, señor de la Mank'a pacha, cuando vieron su representación en las minas de plata y preguntaron quién era ese tío al que desconocían. Para los pueblos originarios es una divinidad que gobierna el mundo de abajo, espacio sagrado de vida donde moran las semillas, animales y la riqueza mineral.

A tal punto es nuestra relación con el diablo, que el municipio de La Paz no permitió que la ampliación de la autopista hacia El Alto destruyese el lugar de una wak’a donde se venera al Supay, en la mal llamada Curva del Diablo. Su espacio fue trasladado a otro sitio cercano, pese a las protestas de grupos religiosos intolerantes.

Tal vez su presencia más poderosa se expresa en la danza de la diablada, en el carnaval fusionado con el Anata andino de Oruro, danza que no fue extirpada porque tiene su origen en las escenificaciones de los autosacramentales del siglo XVII, destinados a la evangelización de los pueblos indígenas, sobre todo en Potosí. Para los bolivianos, el diablo es bueno y a la vez perverso; puede otorgarte abundancia, fecundidad y también hambre y enfermedad. Es una divinidad dual que manifiesta sus favores cuando se comparte con ella comida, coca y alguna vez el sacrificio de una llama.

En las tierras bajas, durante la Colonia y con el mismo espíritu evangelizador, los misioneros identificaron el espíritu maligno de la divinidad guaraní Aña para identificarlo con el diablo, y a la añarenda, su morada, con el infierno; y así incorporarlo en la enseñanza del catecismo. Hace poco leí en la primera plana de una publicación supuestamente del Partido Socialista (PS) de Marcelo Quiroga un texto donde “demuestran” que el Vicepresidente es el Anticristo, el diablo, porque su nombre y sus apellidos conforman el 666: Álvaro = 6, García = 6, Linera = 6. Lo que pone en evidencia que todavía existen estos extraños seres mojigatos que confunden dogmas de fe con doctrinas políticas.

Estamos en plena efervescencia preelectoral, los problemas entre cocaleros, cuyo centro es el narcotráfico, develan situaciones fuera de control que serán aprovechados para sacar réditos políticos, y sobrarán los espíritus maléficos para aprovechar este escenario complejo y violento.

Los regalos de Dios siempre vienen acompañados de los regalos del Diablo, que los convierte en una maldición, como la plata del Cerro Rico de Potosí durante la conquista o los recursos hidrocarburíferos de Venezuela, hoy en día acosada por la codicia. Lo mismo ya sucede con la coca, oscuros intereses están detrás de los agricultores de esta hoja.

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