Columnistas

Origen y difusión del cristianismo

Después de Cristo, el Mesías salvador y cimiento de la nueva doctrina, se debe destacar el rol de Pablo

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

00:01 / 16 de diciembre de 2015

En este mes en que se celebra un nuevo aniversario de la Navidad de nuestro señor Jesucristo sería muy pertinente recordar cómo surgió y se expandió el cristianismo en el mundo, religión que es profesada por la inmensa mayoría de los bolivianos y americanos.

Cabe señalar que las primeras referencias procedentes de los primitivos cristianos fueron transmitidas por vía oral, y solo cuando se necesitó precisar algún tema del Nuevo Testamento (el nuevo pacto con Dios), se usó, en general, el idioma griego en su forma más sencilla; es decir, la lengua común y corriente; pero era una sencillez incrementada por un estilo concreto, lleno de imágenes realistas de la vida y pasión de Jesús, de lenguaje tan simple que podía ser entendido por todos. Con el tiempo, este “libro popular” se convirtió en el “Libro” de todos los pueblos, ya que de ningún otro en el mundo se ha editado tantos ejemplares ni se ha traducido a tantos idiomas.

Después de Cristo, el Mesías salvador y columna vertebral de la nueva doctrina, se debe destacar a otra figura extraordinaria como lo fue Saulo, el cual tomó el nombre de Pablo y quien fuera el principal propagador del cristianismo en el mundo y el gestor de la ruptura con la antigua ley mosaica. Para Pablo, “el justo se salva por la fe”, y por tanto, el cumplimiento de la ley antigua no era fundamental. En consecuencia, no se debía exigir la circuncisión a los feligreses pertenecientes al mundo de los gentiles. Esto dio lugar a que los judíos ortodoxos, quienes consideraban esta ceremonia como la base del pacto de Dios con los hombres, rechazaran definitivamente toda relación con Jesús y su doctrina. Desde ese momento el cristianismo se convirtió en una religión autónoma, y con el tiempo hasta antagónica con la judía; lo cual produjo una histórica aversión entre ellas, que duró hasta el pasado siglo. Y fue la labor de los últimos papas, sobre todo de Juan Pablo II, lo que determinó que la religión judía y la cristiana se reconciliaran e intentaran mantener estrechos vínculos basados precisamente en su común origen.

Corresponde, por último, hacer referencia a la rápida propagación del cristianismo por todo el imperio romano. Aparte de la organización centralista del imperio, que permitía circular libremente por todo su extenso territorio, la principal causa fue que sus súbditos esperaban de la religión algo más que las ceremonias de un culto oficial, en el que no creían ni siquiera los que lo celebraban. Y el cristianismo respondió precisamente a las aspiraciones del alma humana, porque propugnaba la igualdad de los hombres ante Dios, la solidaridad entre ellos, el perdón de los pecados y la promesa de una felicidad eterna, siguiendo una doctrina sencilla y maravillosa, condensada en un solo mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Al continente americano llegó el cristianismo junto al conquistador español. Precisamente sirvió para atemperar la violenta conquista y explotación del Nuevo Mundo. Fueron sacerdotes como De las Casas y Mariana quienes hicieron determinar a la Corona española que los indios eran hijos de Dios y, por tanto, no susceptibles a ser esclavizados. Por ello, los nativos recibieron con gran entusiasmo a esa nueva doctrina, que los libraba tanto de la esclavitud como de las religiones autóctonas que ponderaban los sacrificios humanos y una extrema desigualdad entre los hombres. Y fueron indios, como Juan Diego y Francisco Tito Yupanqui, con la erección de las vírgenes de Guadalupe y Copacabana, quienes influyeron en la propagación del cristianismo tanto en el mundo mexicano como en el peruano, los más importantes del hemisferio; y establecieron que el campesino americano se convirtiera en el baluarte del cristianismo en América.

En consecuencia, causa extrañeza que ahora existan grupos en el país que propugnan el retorno de nuestros campesinos a concepciones religiosas primitivas, dejando de lado al cristianismo, nervio fundamental de la cultura americana y base de la unión de todos los pueblos de este continente.

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