Columnistas

Origen de la oración regalada a Evo

Ojalá esta oración si-ga cumpliendo un rol purificador para Evo y para otros miembros de su entorno

La Razón / Xavier Albó

00:01 / 25 de noviembre de 2012

El 25 de octubre, cumpleaños de Evo, se armó un revuelo mediático cuando su canciller, David Choque Huanca, le regaló una bella oración atribuida a Gandhi y que más abajo reproduzco íntegramente. La cosa se complicó porque en la página web de la Fundación San Alberto Hurtado, de Chile, aparecía ya desde antes esta misma oración, pero atribuida a este reciente santo jesuita (1901-1952), fundador del Hogar de Cristo y otras muchas obras con proyección social en el vecino país. Hurtado murió en 1952 a los 51 años, y fue canonizado en 2005. Más allá de la belleza y profundidad del texto, eran muy distintas las connotaciones si la oración “regalada a Evo” provenía del líder hindú o de un curita chileno, por muy santo que éste haya sido.

Cosas de la vida, he viajado a Chile por otros asuntos y he aprovechado para investigar y aclarar ese asunto, hablando con gente de la mencionada fundación, y con quienes han estudiado a fondo su vida; en particular el sacerdote Samuel Fernández, creador del Centro de Estudios San Alberto Hurtado, y otros que le conocieron personalmente, como los jesuitas ya veteranos Juan Ochagavia y José Aldunate. Al final, todos han coincidido en que el estilo de esa oración no coincide con los estilos del padre Hurtado. En realidad no está tampoco en ninguno de sus escritos. Posiblemente la conoció y usó en algunos de sus retiros, y por esa vía entró en la página de su fundación, aunque tras esa investigación han decidido sacarla de ahí. El padre Samuel me comenta que alguien le añadió incluso música para poderla cantar, pero hasta ahora aún no me ha conseguido esa música.

Genuina o no de Gandhi, copiada y usada o no por San Alberto Hurtado, ojalá esta oración siga cumpliendo un rol purificador tanto para Evo como para otros miembros de su entorno, para que no se “engolosinen con el poder”, como dice una común amiga, y más bien nos ayude a ellos y a todos nosotros para aprender a vivir bien con los demás. Sigue la oración. El Amén final es sin duda un añadido ulterior; y la frase previa, tal vez, también:

Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes. Y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles. Si me das fortuna, no me quites la felicidad. Si me das fuerza, no me quites la razón. Si me das éxito, no me quites la humildad. Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver el otro lado de la medalla. No me dejes inculpar de traición a los demás  por no pensar como yo. Enséñame a querer a la gente como a mí mismo, y a juzgarme como a los demás. No me dejes caer en el orgullo si triunfo. Ni en la desesperación si fracaso. Más bien recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo. Enséñame que perdonar es lo más grande del fuerte. Y que la venganza es la señal primitiva del débil. Si me quitas la fortuna, déjame la esperanza. Si me quitas el éxito, déjame la fuerza para triunfar del fracaso. Si yo faltara a la gente, dame valor para disculparme. Si la gente faltara conmigo, dame valor para perdonar.  Señor, si yo me olvido de Ti, no te olvides de mí. Amén.

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