Columnistas

Paj’pakus en el ágora

Nuestra cultura ha sido presa de la demagogia. Todos se echan la culpa y nadie asume su responsabilidad

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

09:28 / 27 de noviembre de 2016

Una nublada y ventosa tarde fui a tomar un teycito en una céntrica cafetería. Lo habitual era que tome un café, como la mayoría, de otra manera es como ir a la farmacia a comprar un revólver. Allí me encontré con dos amigos músicos: un célebre quenista que nació predestinado a tocar ese instrumento (su pequeña boca forma una boquilla de quena) y un compositor. Un rasgo característico de los viejos amigos es que nos damos abrazos como si nos estuviéramos viendo después de la guerra. Como casi todos hablaban de la escasez del agua y de la poca lluvia, cuyo culpable siempre es el presidente Evo Morales, no tocamos el tema; sino, lo que nos está pasando en nuestro retorno a la animalidad. Freud planteó un concepto sobre nuestra distinción, argumentando que la cultura humana fue asentándose a medida que fuimos superando las condiciones zoológicas. Sin embargo, en momentos cruciales la animalidad emerge, incontrolable. ¿Será siempre así?

La falta de solidaridad en la emergencia por el agua es evidente, y da escalofríos pensar si nos tocaría afrontar una situación como la que vivió el pueblo japonés después de las bombas atómicas, o tras el del descalabro técnico combinado con el incontrolable tsunami que ocasionó el desastre del reactor nuclear de Fukushima. Allí, la serenidad, el autocontrol y la solidaridad no permitieron desbordes por una simple razón: la población confiaba en sus gobernantes y sabían que iban a resolver el problema.

Nuestra cultura urbana, fracturada y fácilmente manipulable, ha sido presa de la demagogia. Todos se echan la culpa y nadie asume la parte de responsabilidad que le toca. A este punto hemos llegado y ha sido el detonante para recordar a los paj’pakus (vendedores callejeros, célebres por su verborrea) que pululaban en la ciudad en los años 80 y que fueron devorados por la transmodernidad. Sus técnicas de convencimiento eran superiores a las de muchos políticos que no tienen una arquitectura mental fuerte; es decir, que se nota la improvisación y la ruleta verbal de la que echan mano para sacar provecho de un problema grave.

Así recordamos al vendedor de aceite de caimán y de víbora, un peruano que tenía un solo ojo y una cabellera crespa y rubia. Todos los llok’allas del colegio íbamos a ver su espectáculo en la plaza de San Francisco. Con el torso desnudo vociferaba, alertando: —Secretario, ¡sáqueme la víbora! Era el momento culminante del espectáculo, un murmullo de asombro en el público que se había aglomerado ascendía hasta el cielo quemante de La Paz. Presa del paroxismo, el paj’paku convencía a la gente con sus demostraciones: se hendía su piel con un yauri y se quitaba su ojo de vidrio. Inmediatamente la gente, totalmente atrapada, compraba sus pomadas de aceite de caimán y víbora, que no era otra cosa que crema de lechuga mezclada con maicena.

Otros vendían productos inverosímiles como el knot easy o nudo fácil. El hombre, con un traje brilloso, haciendo competencia con su peinado refulgente por el exceso de gel o la brillantina, desplegaba un pequeño maletín de un solo golpe y gritaba: —Ahora, secretario, ¡anuncie que voy a regalar! Siiiii, no he venido a vender, he venido a regalar. Inmediatamente, los transeúntes se aglomeraban a su alrededor. Entonces procedía a sus demostraciones: se quitaba la corbata de un jalón y mostraba su quenotisi, un adminículo de plástico en forma de T que servía para poner la corbata sin necesidad de hacer el intrincado nudo. El maestro Marcelo Peña se compró uno, y cuenta que en una actuación su corbata voló en pleno resuello de un agudo. Confiesa que se puso colorado como un rábano ante ese inesperado suceso extramusical.

Los paj’pakus se dividían en dos, los que nos hacían creer algo que no es, pero los parece; y los otros, que nos vendían su producto genuino, pero innecesario, como el Cancionero Aires de mi Tierra, que un no vidente gordo y picado de viruela anunciaba su contenido: “Chofercito de mala suerte, devuélveme el rosario de mi madre”... entre otras canciones que eran parte del repertorio popular. Ahí aprendimos a diferenciar a quienes nos pajpaquean y quiénes no. Esa práctica ya no existe, por eso hay que desmontar los discursos y no creer todo lo que dicen; de otra manera, nos seguirán sacando la víbora.

Es artista y antropólogo.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia