Columnistas

Palabra en crisis

La palabra de honor ha pasado a ser un bien escaso, porque exige compromiso e integridad

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:24 / 09 de julio de 2015

Quién cree en la palabra? ¿Quién está dispuesto a cumplir con su palabra? La palabra de honor ha pasado a ser un bien escaso de antigua usanza. Todos sabemos que existía y era respetable, pero a esta altura es incómoda, porque exige compromiso, y la sociedad actual no parece querer comprometerse con nada ni con nadie. Quien todavía se atreve a decir “te doy mi palabra” es posible que lo haga sin convicción, y por tanto, no sería nada extraño que mientras lo dice ya esté urdiendo el pretexto para incumplir su promesa. Algo anda mal en nuestra sociedad, que basa su avance en la falta de la palabra dada, en las promesas incumplidas, en la falsedad de sus acuerdos, que considera exitoso al que defrauda y premia al que hace trampa.

Los políticos mienten, prometen, engañan; y los engañados, los que reciben las falsas promesas, se prestan al juego y entregan mayor poder al que más promete, al que más engaña. Los padres mienten a sus hijos, los hijos mienten a sus padres, unos a otros se dicen te doy mi palabra de honor. ¿Cuál palabra? ¿Cuál honor?

No hay honor que valga, porque también el honor solo es una palabra carente de sentido en esta sociedad en la que todo puede pasar por verdadero a través de un mensaje de texto donde es fácil trucar una fotografía; donde es fácil sentirnos informados porque recibimos y difundimos cientos de mensajes a través de internet, sin importar su origen o si lo que dice es una mentira, no buscamos la verdad.

Nos vemos a las cinco en punto, decimos esta frase sabiendo que a las 17.00 será imposible llegar por la distancia, porque ya hicimos otro compromiso a la misma hora, o porque decimos a las cinco por decir. El acto comenzará a las 14.30 se puede leer en la invitación de un evento cualquiera, cuando en realidad hay absoluta certeza de que todo comenzará media hora más tarde.

La pérdida de confianza en la palabra trae consigo la pérdida de credibilidad en las instituciones del Estado, lo que a su vez incrementa la corrupción y aumenta los gastos burocráticos, papeles, sellos, abogados, coimas. La desconfianza en el otro hace que se dificulte el trabajo en equipo, se pierda la noción de comunidad y surja con fuerza el individualismo y el aumento de las habilidades para mentir.

Peor aún si nos referimos a las leyes, reglamentos u ordenanzas. Parecería que fueron hechas para no cumplirlas. No nos cansamos de pensar que tenemos la mejor ley de tal o cual cosa, que somos los únicos en Latinoamérica o en el mundo con esa norma. Pero la verdad es que la tenemos de adorno, porque apenas se promulga ya se están buscando las excusas para eludirla, quebrantarla o infringirla. Nos estamos autoengañando. Nos gusta que nos mientan, pero también nos gusta mentir. ¿Para qué ocultarlo?

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