Columnistas

Paladar negro

Cuando llegaron los españoles a América, sólo vinieron varones; las mujeres llegaron 50 años después

La Razón / Alejandro F. Mercado

01:30 / 07 de julio de 2012

Cuando se lleve a cabo el censo y me pregunten si pertenezco a una etnia originaria o cualquier pregunta similar, ciertamente no sabré qué responder, así que espero que exista la opción: “No sabe, no responde” o, alternativamente, como a Hermione, desearía me califiquen como “sangre sucia”. La verdad es que cuando me puse a pensar en este tema me miré en el espejo y vi que no tengo paladar negro, y cuando solicité a mi padre mi certificado de pedigrí se rió en mi cara.

Cuando era niño, un tío abuelo solicitó a mi padre mi fotografía para completar el árbol genealógico de la familia; algunos viejitos coleccionan estampillas, a este tío creo que le gustaba coleccionar fotografías. De dicha ocasión me quedó una fotografía de mi bisabuelo en un cuadro que está colocado en mi escritorio, su marco tallado es un buen adorno y la fotografía retocada del español, que habría sido uno de mis antepasados familiares, es motivo de risa por parte de mi hijo que dice que su bigote parece falso.

En mi familia extendida, tanto por parte de mi padre como de mi madre, tengo familiares de origen español, como no podía ser de otra manera, pero también hay árabes, si llamamos árabes a todos los originarios del oriente medio, también hay japoneses, por ahí debe haber un colado ario o similar que es responsable para que mi madre sea choca y, con toda seguridad, deben haber aymaras, quechuas y de otras etnias originarias del continente.

Ello simplemente porque cuando llegaron los españoles a América vinieron solamente hombres, las mujeres europeas recién vinieron 50 años después;  así que los españoles seguro se ligaron con las mujeres originarias, ¿no les parece? De ello es que el calificativo de “sangre sucia” me cae muy bien.

Si me preguntasen si estoy orgulloso por mis orígenes étnicos o del lugar donde nací, respondería con un rotundo no, porque yo no elegí ni el lugar ni la familia donde nací; entonces, ¿cómo podría estar orgulloso o avergonzado de algo que fue totalmente fortuito y yo no hice nada para ello?

De la misma manera, no estoy orgulloso de los logros de mis hijos, son ellos los que deben enorgullecerse de sus éxitos. Por mi parte estoy feliz de lo que lograron, pero el mérito es de ellos y no mío, así que de lo único que estoy orgulloso es de los pocos logros que personalmente yo conseguí, y para ello no me sirvieron de nada ni mis caries dentales (que se las debo a los españoles), ni mi nariz que parece me legaron mis antecesores árabes, ni  las pocas canas gracias a mis genes aymaras.

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