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Palas se fue del Ática

Esta crisis se inició en 1981, cuando Grecia entró en la entonces Comunidad Económica Europea

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

03:41 / 07 de julio de 2015

A fines del año pasado, la Ópera Nacional de Grecia estrenó La asesina, del compositor Yorgos Koumentakis, basada en la novela homónima de Aléxandros Papadiamandis de 1903, con lo que rompió su tradición de óperas mitológicas. Trágica, enmarcada dentro del gran espíritu clásico de Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes, la protagonista de La asesina, Frangoyanú (una anciana comadrona pobre de inicios del siglo XX), empieza a matar a las niñas que nacen para evitarles la miseria, y termina ella misma muerta.

A pesar de las aparentes disimilitudes, hay muchas semejanzas con la Grecia de hoy. Un país que fue asesinando su futuro al engañarse en populismos y dilapidando lo que no tenía.

Este proceso se inició en 1981, cuando el país heleno entró en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), hoy Unión Europea, como su décimo miembro. ¿Estaba en condiciones de entrar en la Comunidad? La respuesta es no, por sus problemas financieros estructurales, agudizados por un consuetudinario endeudamiento creciente, políticas arbitrariamente populistas e irresponsables y una corrupción galopante. Entonces, ¿por qué la recibieron? Sencillo: geopolítica, porque era la frontera sur de Europa, una cuña para detener a la entonces poderosa Unión Soviética.

Grecia hoy para muchos políticos es un ejemplo de “víctima del capitalismo”, pero olvidan que, sin disculpar la gran parte de culpa que tuvieron los banqueros europeos con sus préstamos gananciosos (así como muchos gobiernos de la Unión por no observar la falsedad de la economía griega), fueron los políticos griegos, de derecha y socialistas, quienes fomentaron el populismo desenfrenado e hicieron gala de corrupción; pero ninguno de ellos (al igual que los políticos argentinos que fomentaron los bonos soberanos) está en la cárcel, porque es más fácil culpar a otros. También tuvo algo de culpa el pueblo heleno, que vivió una jauja dionisiaca de falsa prosperidad y la disfrutó a sabiendas de que no era real: fue uno de los países con más muertos que “cobraban” pensión; los marcapasos en los hospitales costaban 400 veces más que en los nosocomios británicos; la burocracia excesiva acaparaba a casi el 25% de la población activa; más del 25% de los griegos no pagaba impuestos... su deuda en 2013 representaba el 177% de su PIB.

Desde 2009, el país ha vivido con gran inestabilidad, hasta este año en que Alexis Tsipras llega al poder, combinando su partido de izquierda radical, Syriza, con el derechista Anel. Con gran pragmatismo, ya en el poder Tsipras fue cambiando su discurso hasta acercarlo a sus acreedores, lo que le ha provocado un gran desgaste político incluso entre sus filas. Y éste es el momento de la jugada política maestra del Mandatario heleno: la convocatoria a un referéndum para que los electores griegos decidan si aceptaban o no las presiones de la Unión Europea (el Gobierno promovió el No y más del 60% de los electores lo apoyó). Tsipras salió fortalecido del plebiscito desarrollado el domingo, posiblemente no con la Unión, pero sí internamente, e incluso podría convocar a elecciones que seguro ganaría mayoritariamente; ¿pero Grecia? Faltan aún varios capítulos por escribir.

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