Columnistas

Pansexualismo

Necesita ser víctima del poder, de los ma-chos, de los ricos. De otra manera, ¿cómo podría vender libros?

La Razón / Wálter I. Vargas

01:40 / 24 de marzo de 2012

La provincia se alborotó un poco hace una semana, cuando de la provincia del lado llegó un escritor de moda: Pedro Lemebel. Es que este Pedro trasandino tiene todos los ingredientes de la movida izquierdosa supuestamente descontenta con el statu quo: maricón abierto, marginal, escritor populachero, enojado con el poder. Le ha escrito al actual Presidente chileno (es un decir, claro, porque la carta es abierta, y está en realidad dirigida al público ansioso de leer provocaciones a los poderosos) con los esperados lugares comunes habituales en quien quiere mover a simpatía a la progresía intelectual y a los críticos culturales de gabinete que trabajan en EEUU: “quiere hacernos creer que siempre fue demócrata pero lo recordamos clarito sobándole el lomo a la dictadura… parece que este suelo nunca aprendió la lección, ni siquiera a golpes, y con facilidad se traga el sermón de la derecha pinochetista, ahora remasterizada con piel de oveja neoliberal”. La misma soberbia y subestimación de los ciudadanos, la misma palabrería fácil que quiere pasar por radicalismo político; en fin, nada especialmente original.

Lemebel tiene también un manifiesto en el que reprende a la izquierda sobreviviente de los 80’, y aunque por eso es un texto que ha envejecido, sirve para ver la simpleza de su escritura: “No soy Pasolini pidiendo explicaciones/No soy Gingsberg expulsado de Cuba/ No soy un marica disfrazado de poeta/No necesito disfraz/…/Y no soy tan raro/Me apesta la injusticia”.

Condimentado desde luego con el lirismo aportado por la izquierda sensiblera característica de América Latina: “¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?/Y no hablo de meterlo y sacarlo/Y sacarlo y meterlo solamente/Hablo de ternura compañero/Usted no sabe cómo cuesta encontrar el amor/en estas condiciones”.

El homosexualismo, el masculino de Lemebel como el femenino de las Mujeres creando, mezclado con izquierdismo, resulta en un coctel que haría bostezar invariablemente si no adquiriera a menudo contornos de alta comicidad. Sólo para poner un poco de humor al asunto, no resisto la tentación de citar cómo Zbigniew Brzezinski recordaba en uno de sus libros una escena política de la izquierda juvenil de los 60’ (de ahí lo de la provincia latinoamericana en estos temas): En 1969, en una convención de la juventud izquierdista, un orador de los famosos Panteras Negras quiso explicar el papel de las mujeres en la revolución, y dijo: “Creemos en el amor libre, en el poder de la vagina”.

Esta inesperada escenificación de las partes pudendas femeninas fue objeto de molestia por parte de otro grupo, que acusó a los panteras de chauvinismo masculino. El orador recogió el guante señalando que era necesario erradicar el puritanismo en la revolución, agregando para reforzar sus argumentos que Superman había sido un verdadero marica, porque nunca había tratado de acostarse con Luisa Lane. Como esto no convenciera al sector feminista, un amigo del orador aclaró que éste sólo había querido decir que “nuestras hermanas tienen una posición estratégica para hacer la revolución: acostadas”.

Quienes han ido un poco más lejos de la mera corrección política y pensado con un poco más de lucidez el tema han señalado las incoherencias y contradicciones a que da lugar este pansexualismo, esta ufana liberación de los genitales. Por ejemplo, que el homosexualismo feminista se moleste de pronto contra el consumo de pornografía, porque ésta hace de la mujer un objeto sexual abyecto. O que retroceda o diga poco y nada ante prácticas más radicales y mucho menos confesables, como  la pederastia, la zoofilia o el sadomasoquismo.

Acabo observando que echo de menos en lo que he leído de Lemebel un poco de humor. Pero sé por qué. Necesita ese pathos, necesita ser víctima del poder, de los machos, de los ricos. De otra manera, ¿cómo podría vender libros? Lo suyo parece ser, como para tantos otros, el homosexualismo como negocio (la entrada al espectáculo lemebeliano costaba más que el fútbol). Según recuerdo haber leído en la prensa de esos días, el programa de la visita de Lemebel se cerraba con una “cena sexual” en la que los invitados “se comerían sus cuerpos”. Un menú frente al cual una modesta comida china se convierte fácilmente en un verdadero festín.

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