Columnistas

El Partido Republicano, ingobernable

La crisis actual tiene su fundamento en   el colapso de la autoridad dentro del Partido Republicano

La Razón / Fareed Zakaria

00:02 / 26 de octubre de 2013

Para tratar de explicar cómo Washington se metió en el caos actual en el que se encuentra, algunos se han enfocado en la ideología. Los expertos y los políticos señalan que Estados Unidos, al igual que los partidos políticos, en particular el Partido Republicano, está más polarizado. Si bien ese diagnóstico es acertado, la crisis actual tiene su fundamento en otra causa diferente que podría tener efectos más duraderos: el colapso de la autoridad, sobre todo dentro del Partido Republicano, lo que significa que las amenazas y crisis podrían ser la nueva normalidad de la política estadounidense.

A simple vista, el comportamiento actual de los republicanos se parece mucho a aquel de 1995 y 1996, cuando el partido tomó una fuerte posición ideológica, se mantuvo firme y decretó el cierre del Gobierno. Pero ese movimiento, de principio a fin, fue inspirado, desarrollado y dirigido por el entonces presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich. Hoy en día, John Boehner, por el contrario, en lugar de liderar el movimiento lo está siguiendo. En la década de 1990 fue más fácil resolver la crisis debido a que Gingrich tenía el poder de hablar en representación de quienes estaban de su lado. A Boehner le preocupa llegar a un acuerdo porque perdería su trabajo. Y tiene razón en estar preocupado: los miembros del Tea Party repetidamente le advierten para que no llegue a un acuerdo respecto al programa de salud impulsado por Barack Obama (Obamacare), el presupuesto o el proyecto de inmigración.

Lo que está ocurriendo es muy distinto al movimiento “Contrato con Estados Unidos” de la década de 1990. El Tea Party es un movimiento popular profundamente disconforme con la evolución social, cultural y económica de Estados Unidos durante varias décadas. Es fundamental entender que dicho movimiento responsabiliza a ambos partidos por este deterioro. En una encuesta realizada recientemente por Gallup, se encontró, de forma asombrosa, que el 43% de los activistas del Tea Party tenía una opinión perjudicial respecto del Partido Republicano, y sólo el 55% tenía una opinión favorable. Se consideran como rebeldes del Partido Republicano, no como sus miembros leales. El detalle de la disciplina partidaria junto con el surgimiento de una ideología extrema son las dos fuerzas que impulsan la actual crisis.

Esto explica el motivo por el que el Partido Republicano ha permanecido tan indiferente a sus bases de poder tradicionales, como lo son las grandes empresas. Parte del problema radica en que las empresas han tardado en reconocer lo extremista que es el Tea Party (sus miembros se quedan estancados en un relato antiguo, en el que su gran temor son los demócratas vinculados a los sindicatos). Pero incluso aunque las grandes empresas consiguieran unificar su ley, no está claro si eso importaría a los radicales en la Cámara de Representantes. Sus fuentes de apoyo, financiación y exposición a los medios le deben poco a la Cámara de Comercio.

Esta es una notable transformación. El Partido Republicano solía ser un partido que creía en la jerarquía. Los demócratas eran la unión de intereses variados, con poca disciplina partidaria. Durante las últimas tres décadas, los demócratas han propuesto candidatos principalmente extranjeros: George McGovern, Jimmy Carter, Bill Clinton y Barack Obama. Los republicanos, con algunas excepciones, tienden a designar a la persona que esperó su turno: George W. Bush, Bob Dole, John McCain, Mitt Romney. Actualmente, los republicanos están dominados por el Tea Party, que ni siquiera posee una estructura organizada, una plataforma, jerarquía o un líder.

Esta historia comenzó en la década de 1970: mientras las elecciones primarias se multiplicaban, las disposiciones del partido empeoraron. Primero sucedió en los demócratas, esta podría ser la razón por la que ahora estamos viendo esta reacción tardía en la derecha. Pero los cambios tecnológicos y organizativos más recientes han acelerado el cambio, por lo que es más fácil para quienes están afuera recaudar fondos, obtener acceso libre a los medios de comunicación y establecer conexiones directas con los votantes.

En su libro The End of Power (El fin del poder), Moises Naim señala que los partidos tradicionales están disminuyendo en todas partes. En Europa, por ejemplo, los sociales demócratas, el partido político más antiguo de Alemania, es una sombra de su antiguo ser, y hoy en día han surgido nuevos grupos y partidos.

En algún momento —probablemente después de la derrota electoral— los republicanos podrían entrar en razón. Los cambios ideológicos van y vienen, pero la “decadencia del poder” (en palabras de Naim) se está moviendo en una dirección y continuará transformando la política. El diseño del sistema político estadounidense permite que existan muchas oportunidades para el estancamiento y la parálisis, y con el tiempo éstas se multiplicarán, salvo que exista un cambio dramático.

Sin organización y liderazgo, el gobierno resulta difícil, y el autogobierno se convierte en algo casi imposible. El legendario político científico Clinton Rossiter una vez proclamó: “Que no exista Estados Unidos sin democracia, ni democracia sin política, ni política sin partidos, ni partidos sin compromiso ni moderación”. Esperemos que tenga razón, sobre todo en la última parte.

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