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Lo que Pary no supo hacer

Si Pary hubiese sido más competente, habría suplido su falta de poder con una gota de astucia.

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

00:00 / 10 de abril de 2017

En el ámbito de las relaciones multilaterales, me refiero a la ONU o a la OEA, solo hay dos modos de obtener un cargo: por rotación o por competición democrática. Tal es la distinción básica a asimilar antes de entrar a jugar en ese agreste terreno diplomático.

Por ejemplo, actualmente Bolivia integra por dos años, éste y el próximo, el Consejo de Seguridad de la ONU. Su presencia ahí obedece a un único “mérito”: estar en una lista de turnos que asigna dos asientos no permanentes en dicho Consejo a América Latina y el Caribe. Los países de ese grupo van rotando su presencia en parejas consecutivas. Es como una calesita, entran todos a su debido momento. Es verdad que al final reciben el voto confirmatorio de la Asamblea General, pero ello solo es posible porque antes se acuerda la postulación regional de dos únicos candidatos, lo cual asegura su designación posterior.

Cuando esta rotación equitativa no cuenta con un consenso, entonces no queda otra que competir por el voto de los delegados. En ese caso, quien desee ganar deberá construir trabajosamente una mayoría, ofreciendo ideas y a veces contraprestaciones concretas. Es ahí cuando una victoria sabe, esta vez sí, a tenacidad efectiva.

No es el caso de Diego Pary, embajador de Bolivia en la OEA, quien ahora preside por un trimestre el consejo permanente de ese organismo gracias a la pura aritmética rotatoria. Ha sido el orden alfabético el que le ha dado aquel sitial. En consecuencia, su rol es solo el de un facilitador neutral. Tan es así, que cuando Pary sube a la presidencia, otro diplomático nuestro lo reemplaza en la silla de Bolivia. De esa forma se evita mezclar las decisiones suyas con las posturas particulares de su delegación.

Nadie mejor que Pary, oriundo de la democracia comunitaria, para entender los rígidos límites de su actual investidura. Los ayllus bolivianos nos han enseñado que el poder puede ir rotando sin que nadie se sienta dueño del bastón de mando. Éste es prestado y solo hace viables tareas regulatorias que ayudan a que las partes canalicen sus opiniones.

El lunes 3 de abril, Pary malentendió sus alcances. Pensó que dado que 20 países contrarios al Gobierno de Venezuela solicitaron una reunión del Consejo, él podía postergarla aduciendo falta de información. Su vacilación ayudó a que los proponentes simplemente lo sobrepasaran. Pary solo se asomó a la sala para denunciar un golpe institucional y marcharse. Con ello confesó su incomprensión de las reglas. Y es que él no detenta un poder similar al de un presidente electo en las urnas, y su ausencia no paraliza el funcionamiento de la OEA. Solo se le ha dado la tarea de dar la palabra a quien lo solicite y de proponer fórmulas para remover obstáculos en las negociaciones.

Si Pary hubiese sido más competente, habría presidido la reunión, y aprovechado para, desde su rol de moderador y en coordinación con sus aliados, aplacar la resolución que de todos modos iba a aprobarse. Los gobiernos que rechazan a Maduro labraron ese día una victoria inmerecida, facilitada por la perplejidad boliviana. Dado que en Venezuela no hubo ningún golpe de Estado, Pary contaba con suficiente artillería para frenar o incluso ayudar a modificar aquel documento redactado en su ausencia. Y claro, nadie espera que deje de ser amigo de Venezuela, pero al menos podría suplir su falta de poder con una gota de astucia.

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