Columnistas

Pastillas para soñar

La Razón / Saudade - José Luis Exeni Rodríguez

02:52 / 29 de enero de 2012

Como buen frente de liberación estaban decididos e iban por todo. Secuestrarían a la mujer de Pilatos, y a cambio de no ejecutarla, exigirían el desmontaje del Imperio Romano ¡en dos días! No exentos de divisiones internas, uno de ellos, sensato, llamó severamente la atención sobre lo desmedido de la demanda. Es incumplible, dijo. Es irresponsable. Y en nombre del realismo, seamos serios, planteó la disolución del Imperio en un plazo de ¡tres semanas!

Con esa cultivada ironía, en su espléndida Vida de Brian, los Monty Python retratan la diferencia entre el corto y el largo plazo en algunas luchas revolucionarias. Muestran también el voluntarismo que, desde la vanguardia, se propone cambiar el mundo. Y dan cuenta del debate acerca de las “condiciones” para librar revueltas profundas en la sociedad. Futuros veloces eran los de antes.

¿Cambiar el mundo? Durante esta semana, en Porto Alegre, se realiza el Foro Social Mundial Temático Crisis capitalista, justicia social y ambiental. Y el espíritu común, convertido en convicción, es que “Otro mundo es posible”. ¿Cuándo? Hay un sentido de urgencia en las luchas, cierto, en especial ante la destrucción de la vida y del planeta. Pero también hay un sentido de realidad. Estemos o no ante una “crisis civilizatoria”, es evidente que el Imperio no caerá en dos días, ni en tres semanas.

Hay pues, más allá del tiempo lineal, una convergencia de temporalidades distintas. Pero existe también una importante comprensión de las escalas. ¿Dónde se produce el cambio? En ello el aprendizaje es claro: pensar globalmente, actuar localmente. O mejor: las diferentes luchas, sean locales, sean nacionales, debieran tener cauce común en el horizonte de una globalización contra hegemónica, alternativa. Y claro que es posible, se reitera como contraseña.

Temporalidades varias, entonces, escalas diferenciadas. Muchas luchas por la justicia global toman las calles, florecen en plaza pública, reclaman primavera, anhelan jardín. Somos el 99%, se asegura a tiempo de preguntar con paradoja: ¿y por qué carajo el uno por ciento nos gobierna /domina el mundo? ¿Cómo habremos de emanciparnos? Las respuestas (causas y azares), las estrategias, son incontables. También hay inventario de frustraciones.

Y emerge otro sentido-reto fundamental para la articulación de las luchas: los reconocimientos. ¿Qué implica? “La exigencia de equilibrio entre el principio de igualdad y el principio de reconocimiento de la diferencia”. Supone también la necesidad de un minucioso, difícil, ejercicio de traducción intercultural: entre saberes, entre prácticas. La celebración de la diversidad, la alegría, presuponen respeto.

Pero quizás lo que más con/mueve, en este andar juntos, es lo que Santos denomina “ecología de los saberes”, esto es, la posibilidad de un intercambio con igualdad de oportunidades para las diferentes formas del saber: sin jerarquías, sin ignorancias. Es la utopía del interconocimiento.

¿Y todas, todos, están indignados? ¿Cómo no estarlo si en España, por ejemplo, cada día son echadas a la calle 175 familias por deudas impagables y, sin techo, se las declara (a las personas) “embargadas” de por vida? ¿Cómo no indignarse si en la misma España hay tres millones de viviendas vacías en manos de los bancos? Personas sin casa /casas sin personas. Así no hay dignidad posible.

En estos días de sol, noches-azul, en Porto Alegre, como en todos los lugares donde habitan luchas de emancipación, hay urgencia (“lo queremos todo / y lo queremos ahora”), pero también realismo (“vamos despacio porque vamos lejos”). Habitan complicidades.

De cada quien según sus sueños, a cada quien según su voluntad de cumplirlos. ¿Y los poderes-sistema? ¿El uno por ciento? Ya están advertidos: “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”. Somos el otro mundo posible.

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