Columnistas

Patriarcado y capitalismo

La división sexual del trabajo es absolutamente funcional a la acumulación capitalista.

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

00:00 / 08 de diciembre de 2014

Luego de 31 años, la ciudad de Lima volvió a ser anfitriona de un Encuentro Feminista de Latinoamérica y del Caribe. En esta oportunidad se reunieron más de 1.500 mujeres organizadas en cientos de colectivos feministas y organizaciones sociales de 17 países del continente y migrantes en EEUU y Europa.

Durante el encuentro se abordaron diversos temas. Uno central fue la constatación de una contradicción entre capital y vida que es, en voz de las mujeres, “intrínseca, central e irreformable”. Diversas expositoras expresaron las variadas caras del orden económico y su ceguera absoluta ante las cuestiones básicas de la reproducción de la vida. De esta contradicción surgen numerosas luchas de las mujeres en la región por el control de los territorios, la resistencia ante la expansión de la minería, la contaminación de los ríos, entre otras.

Sin embargo, una discusión poco explorada ha sido la indisoluble unión entre capitalismo y patriarcado a pesar de estar presente en los cuestionamientos de: ¿por qué las empresas son “centrales” en este “sistema” económico en detrimento de los cuidados de las personas y la naturaleza?, ¿por qué las actividades económicas buscan inexorablemente el beneficio independientemente de cualquier otro criterio?; y el cuestionamiento central expresado desde muchas voces: ¿cómo poner los cuidados de la vida en el centro de una economía capitalista con una capacidad de destrucción a nivel global que parece no tener fin? La profundización de estas y otras reflexiones nos llevan a afirmar que la economía, tal cual hoy está organizada, conlleva una profunda ideología capitalista que no nos permite poner en el centro la vida. Y aún más, nos permite comprender cómo la división sexual del trabajo es absolutamente funcional a la acumulación capitalista.

Esta reflexión feminista está ordenada en dos ejes heredados del marxismo clásico: la ampliación del concepto de trabajo y la crítica a la producción de valor. En el primer caso, las discusiones se centran en dilucidar si el trabajo doméstico constituye un “modo de producción doméstico”, si crea valor, si es producción o reproducción, su salarización en tanto trabajo, etc. Estas discusiones consiguieron mostrar la dimensión económica de las actividades no asalariadas pero fundamentales para la vida que realizan las mujeres.

El segundo eje discute la especificidad del trabajo en el capitalismo en torno a la unión indisociable de trabajo concreto (actividad que podemos verificar empíricamente) y trabajo abstracto (gasto de fuerza de trabajo humana que crea valor y por tanto valoriza capital). La indiferencia del capital respecto a la cualidad de la actividad es lo que permite entender por qué solo cuentan en esta sociedad aquellas actividades económicas que son asalariadas. Así, no se trata simplemente de una crítica del modo de distribución de la riqueza, sino de la forma misma de producción de la riqueza, cuya lógica imparable solo responde a un fin que es hacer más dinero del dinero. Por tanto, en el orden capitalista no pueden existir condiciones de igualdad en la valoración de los géneros ya que es un orden social donde necesariamente la diferencia deviene en desigualdad que permite la reproducción de la riqueza.

En el país recientemente hemos celebrado alcanzar la paridad en la representación de hombres y mujeres en la Asamblea Legislativa. Ahora podemos concentrar nuestra atención en una deuda pendiente de este proceso de cambio: avanzar en la autonomía económica de las mujeres y con ello aportar con eficacia en la disminución de la pobreza.  

 

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