Columnistas

La Paz, Chuquiago Marka

Si hay un pueblo en Bolivia que ha derramado sangre por la patria ese es el pueblo paceño

La Razón / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 18 de julio de 2013

Nuestra Señora de La Paz de Ayacucho es la primera ciudad que conocí en la década del 60, mi primera terra incognita. Yo venía de un pueblito de la llanura, y me pareció inmensa y ajena, tanto que no me animé a salir solo por miedo a perderme entre tantas calles y entre tantas subidas y bajadas. La Paz se encuentra sumergida en pleno altiplano y se nos presenta de improviso cuando, desde El Alto, llegamos al precipicio y el descenso, lo que paradójicamente nos conduce a las alturas. Esta ciudad, por extraño que parezca, es un abismo y una montaña, y sabemos que desde el abismo solamente se puede ir para arriba, llegar al cielo. Poco a poco la fui conociendo y amando como una ciudad única por su apariencia mestiza, que oculta una invisible y antigua ciudad aymara.

La ciudad del Illimani, la montaña de los tres poderes (el de la tierra, el de la palabra y el de la gente), contiene a la otra que la habita como un espíritu andino ancestral, y es una paradoja intensa, cruel y hospitalaria, generosa y mezquina, en la que todos los caminos se encauzan a un remoto río que arrastraba oro, piedras y agua, ahora reemplazados por el rumor de muchedumbre, que transita por las aceras y el fárrago de los automóviles que circulan por el asfalto que ha cubierto los nobles adoquines sobre los que gastaba mis botines de estudiante. Por el centro de la urbe, que yace entre las nubes, ya no discurren las pulidas piedras ni el reclamado oro; sin embargo, los paceños son magos e inventan piedras de la nada cuando de luchar se trata.

Conviene que el viajero sepa que si hay un pueblo en Bolivia que ha derramado sangre por la patria ese es el pueblo paceño; y los ocultos adoquines los saben, porque guardan la memoria de los muertos y heridos en los golpes, asonadas y revoluciones. Es una ciudad única, por donde se la mire es ella, no puede confundirse con otra, y eso lo sabemos los fotógrafos, me dijo y disparó su cámara sobre la plaza Alonso de Mendoza. Y tal como es, hay personajes que solamente existen en esta ciudad y los paceños lo saben.

Hay calles en esta ciudad, como la de Las Brujas, la Condehuyo y la Jaén, que por las noches son más misteriosas que muchas imaginadas, y hacen que su presencia haga por lo menos sospechar de nuestra realidad. El paceño, además, habla de una manera especial, ha creado y crea paceñismos que ostentan una decidida influencia aymara, tanto en la sintaxis y la gramática, así como en el sonido de las palabras; y para ellos, las cosas poseen un espíritu, un ánima. Así por ejemplo es frecuente escucharlos decir que tal o cual cosa “se ha hecho perder”, justificando la pérdida de un objeto. ¿De qué fuerzas misteriosas se alimenta el paisaje paceño?

En esta hoyada de un volcán antediluviano, tuve mi primer beso, así como mi primera máquina de escribir: una Olimpia que me regaló mi madre cuando cumplí 15 años y la convencí que la necesitaba para hacer mis tareas escolares, aunque lo cierto era que escribía poemas, que luego vendía a mis compañeros para que enamoraran a las que chicas que pretendían. Aún guardo mi Olimpia entre mis libros más queridos, para acariciarla de vez en cuando. La Paz fue mi primera ciudad, y así como en el amor, hubo otras ciudades como otros amores, pero siempre vuelvo a La Paz.

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