Columnistas

La Paz, dos palabras que dicen mucho

Una mirada y una actitud cariñosas hacia el medio ambiente son en extremo necesarias y urgentes

La Razón / Taís María Silva Ritter

01:02 / 15 de marzo de 2012

Pensando más atentamente en el significado de la expresión que le da el nombre a esta ciudad (“La Paz”), percibiremos que estas dos pequeñas palabras dicen muchas cosas. Sobre todo hoy en día, cuando todos sentimos, en grados diferentes, la necesidad de paz.

Tal necesidad puede presentarse de distintas maneras en nuestra vida. O bien por necesidad personal —porque estamos cansados, irritados, atrapados dentro de nuestra mente y, probablemente, incapaces de vivir con el corazón— o bien estamos involucrados en la necesidad colectiva de paz. Y eso, por lo visto, nosotros (los habitantes de este planeta), no lo estamos logrando; y cada vez es más difícil tener paz tanto en el interior como en el exterior.

¿Cómo es posible que tengamos paz si el planeta se está disolviendo en todos los rincones con acontecimientos otrora impensables por los hombres? ¿Cómo es posible que exista paz si la naturaleza se está manifestando de una forma muy peligrosa? ¿Cómo es posible tener paz si el medio ambiente está cambiando y nosotros no? ¿Cómo podemos asumir efectivamente una manera coherente de vivir en paz, ya sea en La Paz o en cualquier otro lugar?

Al principio podemos pensar: pero yo vivo en paz, ¿qué tengo que ver con eso? Si no asumimos una actitud responsable  y consciente por la defensa y la preservación del medio ambiente no veo que sea posible vivir en paz; aquí en La Paz o donde sea. Si yo arrojo por la ventana toda clase de basura, por pequeña que ésta sea, y si toda la gente del mundo hace la misma cosa… Grave. Pero si cada uno de los habitantes de esta ciudad deja de hacer eso, incluyendo me a mí, desde mi pequeño papel de caramelo, la paz empezará a surgir desde mi interior hacia el medio ambiente y hacia el resto de las personas, y viceversa.

Fuera de eso, solo existe la pereza y el pensamiento egoísta e ingenuo, que nos dice que nadie nos está mirando. Esta actitud significa que uno es incapaz de verse a sí mismo y de responsabilizarse por su vida y por todo lo ésta implica. Pero nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón sí son testigos de tal comportamiento; y con eso, la naturaleza nos pone un espejo delante, interpelándonos para que salgamos de nuestra comodidad y apatía; generalmente asumidas de forma mecánica. Ahora, si la idea de cambiar muchas veces no nos gusta; entonces queda la posibilidad de seguir siendo egoístas, pero por lo menos que sea con un sentido de autopreservación. Lo que ya significaría un gran paso, pues la basura a mí alrededor ya no me sería indiferente.

Lo importante es tener en cuenta que una mirada y una actitud cariñosas hacia el medio ambiente (y por lo tanto hacia nosotros mismos) son extremadamente necesarias y urgentes. Para eso, tenemos que ver las cosas con los ojos del corazón,  que nos enseña todo en su justa medida y con colores reales. O bien, podemos seguir con nuestros lentes de color verde, que nos hace imaginar (sólo imaginar) que el medio ambiente continúa verde.

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