Columnistas

Paz y pollo: de Jerusalén a Baires

Si el síndrome de Jerusalén es difícil de explicar, la izquierda en Buenos Aires es inexplicable

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:10 / 29 de abril de 2015

Palestina: cinco de la mañana. A la misma hora que el presidente Evo entra a laburar al Palacio, el imán llama a la oración (salat) desde una mezquita del barrio árabe de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Llama pero con megáfono y luego comienza a recitar: “Alá es el más grande, doy fe de que no hay más dios que Alá, doy fe de que Mahoma es el mensajero de Alá, acudid a la oración”. Llegué a memorizar estas palabras en árabe porque mi habitación en el hostal más barato de Jerusalén (en el último piso) estaba separada por unas pequeñas calaminas (ardientes en agosto) del minarete del imán que repetía el mismo acto cinco veces al día (la más jodida, a las cinco).

A partir de esa hora ya no se podía dormir: el calor y el bullicio de la parte árabe de Al Quds (que tanto se parece a nuestros mercados populares, desde la 16 de Julio a la Ramada, pasando por la Cancha de Cochabamba) te botaban a la calle. El hostalito estaba (a comienzos de los años noventa) en una esquina por donde pasaban en la tarde los católicos con cruces a cuestas, repitiendo las estaciones y el calvario. Algunos iban tan concentrados que se metían de lleno en el famoso “síndrome de Jerusalén”: el fanatismo religioso envuelve en una psicosis al turista vestido con túnica y convencido completamente que es Jesucristo o cualquier otro personaje de la Biblia. Los 40 grados a la sombra ayudan también en poner un delirio aquí y otro allá.

El otro día me volví a acordar del “síndrome de Jerusalén” cuando vi a Homero Simpson (en la maratón televisiva de Fox) como el nuevo Mesías. “¿Te das cuenta que papá siempre agarra las enfermedades que lee en las revistas de los aviones”?, dice Bart. Luego Homero trata de unir a las tres religiones monoteístas del mundo (las tres tienen a Jerusalén como su capital) al grito de “paz y pollo” (“unos no comen chancho, otros no comen marisco, pero a todos nos gusta el pollo”).

Argentina: si el síndrome de Jerusalén es difícil de explicar, la izquierda en Buenos Aires es inexplicable. El domingo se celebraron las “paso” (elecciones internas) y ganó la derecha, esa derecha travesti que se maquilla ahora de moderna, simpática, buena gestora, chévere, linda, que baila (con Tinelli) y canta (como Mercuri); esa derecha que nos ha arrebatado (por sonsos) las banderas históricas de las izquierdas (feminismo, indigenismo, ecologismo... Si seguimos así, cualquier día nos roban a Marx y su marxismo). Y perdió la izquierda y todos esos grupúsculos izquierdosos que apenas rozan el 2%. Son hartos: el FIT (¡que reúne a tres partidos de troskos!), Autodeterminación y Libertad, MST, Surgen, Camino Popular, Nuevo Encuentro… ¿Por qué el kirchnerismo no ganó en las zonas más humildes de una capital que nunca fue peronista? ¿Por qué el votante de clase media baja apoya a Cristina en las generales y acaba luego votando al partido de Macri? ¿Por qué así Buenos Aires deja de ser “europea” y se parece tanto a La Paz cuando vota por Evo y luego ignora al MAS? ¿Por qué en la izquierda porteña terminan peleándose todos contra todos? ¿Por qué todo esto me recuerda a una metafísica del Papirri, ésa que dice “los que quieran irse de mi partido, bienvenidos”? ¿Puede Argentina retroceder todo lo avanzado en un abrir y cerrar de ojos más parecido a un harakari que a un tango llorón? Los argentinos consumen 50 kilos de “pollo parrillero” al año (por persona) y exportan a 60 países de los cinco continentes al grito de “quilombo y pollo”. A lo lejos, Homero vuelve a casa con su túnica a cuestas y convencido de que su nueva religión de “paz y pollo” no sirve, porque no borra los pecados.

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