Columnistas

Paz y prosperidad para el Chaco

Decía Heródoto que la grandeza del vencedor se demuestra restaurando la dignidad del perdedor

La Razón (Edición Impresa) / Guido Peredo Montaño

01:02 / 19 de junio de 2015

Todas las guerras reducen al ser humano a su calidad salvaje. Nómadas y sedentarios se bañaron en sangre con el afán de comerse “el pan del otro”. Pero en la Guerra del Chaco, como en la del Pacífico y del Acre, militares y políticos bolivianos (mezquinos) capitularon ante el enemigo, dejándoles un banquete de recursos naturales en “bandeja de plata”.

La única guerra buena es contra la pobreza, contra la exclusión social de niños, niñas y mujeres, quienes son las primeras víctimas en la guerra. Todas las guerras tienen un ganador y un perdedor. A Bolivia siempre le tocó perder, y la pérdida más traumática fue en el Pacífico. La lógica de la guerra implica que el ganador restaure daños materiales, económicos y morales del perdedor. Estados Unidos aportó económicamente a Japón después de la Segunda Guerra Mundial que finalizó con dos bombas atómicas. La joven Liga de Naciones aportó millonarios recursos para restaurar Alemania tras la caída de Hitler, y hasta hoy el Estado alemán paga millonarios recursos a muchos herederos de judíos desaparecidos en el Holocausto.

Decía Heródoto que la grandeza del vencedor se demuestra restaurando la dignidad del perdedor. No obstante, en la historia en nuestra vecindad las guerras fueron siempre dirimidas por ese puñal traicionero como el que Chile le clavó a Bolivia en 1879, el Perú a Ecuador; Chile nuevamente a la Argentina (en las Malvinas) y que luego Carlos Menem se encargaría de clavarle al Perú en la guerra entre éste último y Ecuador. Sin embargo, Paraguay y Bolivia tienen el chance de reescribir la historia para hacer del Chaco una región próspera, en paz y hermandad; pero sin olvidar la historia. El pecado de orgullo de la historia es que siempre hace el “canto final” con la verdad, por dolorosa que sea.

El 15 de julio de 1852, Argentina y Paraguay firmaron un tratado de límites y navegación que, en su cláusula cuarta, establecía que “El río Paraguay pertenece de costa a costa y en perfecta soberanía a la República del Paraguay”. El acuerdo recibió respuesta del encargado de negocios boliviano en Buenos Aires, Juan de la Cruz Benavente. En 1853 Bolivia emitió un decreto por el que abre la navegación sobre el río. Pero Paraguay, financiado por Argentina y otros vecinos, envió expedicionarios al Chaco boliviano; y una vez conocido su potencial hidrocarburífero se aventuró a una expedición que incluía apoderarse de Tarija, Sucre, y Beni, donde hoy duermen las reservas probadas gas, petróleo y agua dulce más grandes de Sudamérica.

Paraguay violó todos los tratados limítrofes con Bolivia. Parte de la estrategia para apoderarse de la zona fue fomentar la tesis de que Santa Cruz debía ser una república independiente, porque era culturalmente distinta al resto del país. Cuando Bolivia se batía contra Chile (1879), el presidente paraguayo Cándido Barreiro decidió delimitar fronteras, y el 15 de octubre de 1879 nos vimos obligados a firmar el tratado Quijarro-Decond, que reconocía nuestro acceso histórico al río. Pero el 11 de julio de 1885 Paraguay violó dicho acuerdo, entregó concesiones de tierra que pertenecía a Bolivia y tomó el fuerte Olimpo.

En 1887 se firmó un nuevo tratado (Tamayo-Aceval), donde, una vez más, se reconocen los derechos bolivianos sobre un margen del río. Pero años más tarde Paraguay anuló dicho tratado y atacó Puerto Pacheco. A pesar de los agravios y de que Paraguay siguió creando más fortines militares en la frontera con Bolivia, el país firmó el tratado Ichazo-Benítez en 1894. El “historiador” argentino Enrique de Gandía fue quien difundió la primera tesis separatista de Santa Cruz, financiada por Argentina. En su folleto titulado Historia de la Santa Cruz de la Sierra: La nueva República de Sudamérica, escrita en 1935, desde la primera página sostiene que “Santa Cruz era y es una nación subyugada por los collas y que había que liberarla”.

A 80 años de la sangrienta Guerra del Chaco, urge que la paz y la hermandad gobiernen esa región; para ello debemos profundizar el intercambio cultural, académico, económico y militar, con el fin último de unificar, aún más, pueblos hermanos.

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