Columnistas

Pecados mortales aquende…

El que me halla, ha hallado la vida (…) pero el que me ofende, hace daño a su alma (Pr., 8:35-36)

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

02:01 / 01 de septiembre de 2015

Esta semana me encontré en Lima un escándalo más, en un momento en que hechos de este tipo no faltan, más bien abundan: los plagios de Juan Luis Cipriani Thorne, cardenal-arzobispo de Lima, primado del Perú y muy destacado y conservador miembro del Opus Dei, que El Comercio detectó en las columnas que publicaba el purpurado en este importante medio impreso del Perú, y algo que el Código Penal peruano castiga con penas entre cuatro y ocho años. Y aunque el Cardenal “justificó” sus escritos y recibió apoyos (de algunas figuras y de menos de la mitad de los obispos), el escándalo internacional que devino dejó mal parada su posición, pues Cipriani no aceptó que su acción fuese un engaño (pecado venial), como aparece en 1 Juan 1:8-10: “Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso (a Dios) y su palabra no habita en nosotros.” Pecar por acción y no por omisión inocente, mal para la Madre Iglesia.

Pecados sobran en América Latina. Desde vergonzantes pecados mortales de lujuria como los del pederasta confirmado Józef Wesołowski, cuya muerte temprana antes de ser juzgado es injusta para sus víctimas porque no expió sus crímenes, hasta los también pecados mortales de avaricia y codicia que, por acción u omisión, hoy remecen a presidentes en ejercicio como el guatemalteco Pérez Molina (quien ganó bajo el eslogan de “limpiar la corrupción”), el hondureño Hernández Alvarado (“pecados” de financiamientos de campaña), Dilma Rousseff en Brasil (donde una operación judicial (Lava jato, lavado de autos) está desnudando una corrupción increíble), el mexicano Enrique Peña Nieto (la “Casa blanca” inexplicable) o la chilena Michelle Bachelet (a veces los hijos…). Y rondándoles están la argentina Cristina Fernández de Kirchner, “blindada” aún (pero previsiblemente en el futuro tendrá muchas minas en su camino, incluso si su delfín, Daniel Scioli Méndez, gana las elecciones presidenciales) o el nicaragüense Ortega Saavedra (y su poder familiar asentado en una cúpula “sandinista” corrupta que traicionó sus ideales), eso sin hablar de los ex, como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva o el panameño Martinelli Berrocal.

Y pecados mortales son también la soberbia y el orgullo de los que en Latinoamérica practican el “eternismo” y la concentración de poder, el prorroguismo de las dictaduras criollas de los siglos XIX y XX que tanto se combatió y que hoy han renacido en los mesianismos populistas. Eterna quiso ser Cristina Fernández y aún lo quieren ser Daniel Ortega y el ecuatoriano Rafael Correa (como parece que será consigna de las organizaciones sociales oficialistas en Bolivia), sin entender que la pretendida eternidad se logra con dinero (que se acaba) y, después, creciente represión, que los autodestruye. El mesianismo, hermano del populismo y el prorroguismo, socava y destruye los grandes liderazgos.

Falta acá comentar otros pecados capitales: gula (por excesos en general), ira (tan común en la mayoría de nuestras sociedades poco institucionalizadas), pereza (más acedia destructiva) y envidia, tan mezquina. La catalogación la dejo al lector.

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