Columnistas

Pedir perdón

Nunca podremos acercarnos a la soledad de ese muchacho, héroe vencido de la ciudad rebelde.

La Razón (Edición Impresa) / Claudia Peña

09:34 / 19 de marzo de 2017

Alguna vecina le da un dato al funcionario municipal del Distrito 8 de El Alto, apenas casi un comentario, una cosa de nada; pero el funcionario persigue el rastro difuso y llega hasta un cuarto de alquiler, de cuatro metros de largo y cuatro de ancho, donde viven apiñadas ocho personas. “En la habitación se encontraba el papá, quien estaba tirado en el suelo, y la mamá yacía sin fuerzas en el catre, ambos con similar situación de desnutrición”, reporta la Agencia de Noticias Fides.

En ese estado encuentran a los padres de Eva, una niña de 12 años que para cuando llega el funcionario yace muerta en una esquina. Estaba tan delgada que se le podían contar los huesos, según comenta Sonia Yujra, la representante de la Defensoría. Los cuatro hermanos menores de Eva también estaban en la habitación: “A pesar de que ella ya estaba sin vida, se le acercaban”.

Otro medio especifica que la niña tenía epilepsia y que sus padres no se habían dado cuenta de su fallecimiento, pero habían dado el dato de que desde el día anterior ya no tenía convulsiones.

Los padres son llevados de inmediato a un hospital, porque “estaban en situación de salud muy delicada”. La misma nota detalla que ambos sufren de “problemas mentales”. Los niños son llevados a un hogar; se les diagnostica desnutrición moderada y resfrío. En esta familia de hambres y miseria es el hijo mayor, de 19 años, el que se hace cargo de todos, trabajando en lo que puede. “El hermano nos dijo que si hubiera podido tener un trabajo seguro, podría sustentar a la familia, lloró y se mostró bastante afectado”, sostuvo Yujra en un reporte de Erbol.

Ante la depresión de sus padres migrantes, un chico carga en sus espaldas la vida de ellos y de sus cinco hermanos menores. Jamás podremos imaginarnos ese lento hundimiento; los días, las semanas de atestiguar el avance de la enfermedad en sus padres, ese apagarse, que es también el apagarse de lo que cada quien tiene como lo más seguro; y luego la vida con sus necesidades interminables (son cinco los niños hambrientos), decidir que los pequeños dejen la escuela, repartir lo poco que consigue entre todos. ¿Cómo ser justo? Es evidente que los padres comían menos, que los niños comían un poco más, que no había medicinas para Eva.

Cada día, la angustia de salir a la calle a buscar trabajo. Cada noche, la angustia de volver a casa, con casi nada en las manos, con lo nunca suficiente que ha podido conseguir; 19 años. Nunca sabremos, nunca podremos siquiera acercarnos a la soledad de ese muchacho, héroe vencido de la ciudad rebelde.

Como un náufrago extraviado de miedo ante la tormenta interminable, cuántas preguntas, cuántas culpas se agolparán en su cabeza, cuánta tristeza muda acumulada. Ante el horror de un chico de 19 años, que cada día ha luchado contra la muerte, el mundo debiera detenerse. Debiéramos pedir perdón. Debiéramos de una vez callarnos ante tal amor: joven, valiente, trágico amor.

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