Columnistas

Películas y novelas

El lenguaje verbal es mucho más rico en posibilidades expresivas que otros medios de comunicación

La Razón / Wálter I. Vargas

02:13 / 15 de junio de 2013

El sábado pasado, un colega literato, en medio de una fiesta, me reprochó haber dicho en mi anterior columna que el cine era un arte menor frente a la literatura. Al día siguiente (yo estaba tomando Alka Seltzer) leí cómo un crítico de cine conocido en nuestra ciudad se mostraba ofendido por lo mismo en su comentario de la película El Gran Gatsby. Prejuicioso, me dice (en esto estoy de acuerdo), “algo quedado en el tiempo”, por pensar que la novela de Fitzgerald es “infilmable”. “Ése no es el tema, a menos que uno achate el alcance de esa fidelidad a una sumisión miope a la letra muerta”, dice el crítico, un tanto afectado de sociologitis, a decir verdad (ya se sabe: “Fitzgerald pintó una época dorada”, “la película actual quiere aludir a la actual crisis del capitalismo”, etc., etc.).

Pensar que el texto de una novela valiosa es letra muerta, puede dar una idea de que en realidad quizá exista, semiconsciente, un prejuicio contrario: que las novelas son sólo historias que se pueden contar en cualquier soporte (un film, un cómic, un musical, sombras chinas, lo que sea), como piensan los productores o los guionistas. Pero con las novelas se trata de la letra, en efecto, sólo que no de la letra muerta, sino de una muy viva. Se trata de que los libros están hechos de palabras, y sabido es que el lenguaje verbal es mucho más rico en posibilidades expresivas que otros medios de comunicación humanos.

Consideremos, por ejemplo, la forma en que retrata Henry James a una mujer de ideas socialistas y humanitarias, lo que ahora se llamaría una activista: “(La señorita Birdseye) tenía el rostro triste, delicado, pálido; parecía (y ése era el efecto de la enorme cabeza) que hubiese sido macerado, aplanado y desdibujado por exposición a un lento disolvente. La larga práctica de la filantropía no había logrado fortalecer sus rasgos; había borrado las expresiones, los significados. Las olas de simpatía y entusiasmo habían trabajado sobre ellos de la misma manera en que las olas del tiempo terminan por modificar la superficie de los viejos bustos de mármol, eliminando poco a poco todas las asperezas, todos los detalles. En su amplio rostro aquella sonrisita parecía perderse. Era un mero esbozo de sonrisa, una especie de abono de pago a plazos; parecía querer indicar que sonreiría más ampliamente si tuviera tiempo disponible, pero ya aquel gesto dejaba entrever su generosidad y su capacidad para dejarse seducir fácilmente por sentimientos de amistad”.

No voy a disculparme por hacer una cita tan larga, porque el fragmento merece ser leído: da una idea de la talla de escritor que tenía James. Y se convendrá en que si en ese trozo se le está pidiendo al lector que trate de imaginar el rostro de la señorita esa, sólo es hasta cierto punto, porque hay mucho de meras palabras, de juego verbal humorístico en la descripción, y ése es propiamente el juego antiguo del novelista. De eso y de muchas otras cosas que permite el genio de la lengua.

Así que no es justo pedirle al cine que encarne esa manera de ver las cosas. Ningún genio de las imágenes podría hacer eso. Su materia es otra. Esto es lo que quise decir cuando hablé de que es difícil que la buena literatura sea llevada al cine. No porque la historia en bruto sea infilmable, como ocurre con Joyce o Proust o tantos otros que han escrito novelas poco anecdóticas o muy amplias. De hecho, me parece que la novela en cuestión, El gran Gatsby, tiene una historia bastante filmable, no por nada ha sido tantas veces llevada al cine. Pero lo que es imposible ver en las imágenes el comportamiento verbal de ese ser de palabras que es el narrador.

Por lo demás, hay cientos de novelas pésimas, y otras tantas películas hermosas, de manera que, puesto en la alternativa de escoger si leer las primeras o ver las segundas, no dudaría en optar por el cine. Con esto quiero decir que no pretendo pontificar con la perorata “adorniana” de la muerte de la alta cultura o cosa parecida. Las cosas son como son y la historia es lo que es. Hubo la literatura y ahora hay internet y televisión, y punto.

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