Columnistas

Peligroso extremismo de Arabia Saudita

La máxima prioridad de la política exterior de Irán es la amistad con nuestros vecinos  y la paz en la región

La Razón (Edición Impresa) / Mohammad Javad Zarif

03:01 / 25 de enero de 2016

El mundo pronto celebrará la implementación del acuerdo histórico alcanzado entre Irán y los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China, Rusia) más Alemania para resolver la innecesaria e incluso peligrosa crisis por el programa nuclear iraní. Todas las partes esperaban, y siguen creyendo, que la resolución de la cuestión nuclear de nuestra nación permitiría concentrarse de nuevo en el serio desafío del extremismo que está devastando nuestra región (Medio Oriente) y el mundo.

El presidente iraní, Hassan Rouhani, ha declarado en repetidas ocasiones que la máxima prioridad de la política exterior de Irán es la amistad con nuestros vecinos, la paz y la estabilidad en la región, y la cooperación global, sobre todo en la lucha contra el extremismo. En septiembre de 2013, tan solo un mes después de asumir el cargo, Rouhani propuso una iniciativa llamada el Mundo Contra la Violencia y el Extremismo (WAVE). Dicha iniciativa fue aprobada por consenso en la Asamblea General de las Naciones Unidas, dando esperanza de una campaña global con visión de futuro en contra del terrorismo.

Sin embargo, desafortunadamente algunos países tratan de evitar la interacción constructiva. Tras la firma del acuerdo nuclear provisional en noviembre de 2013, Arabia Saudita, impulsado por el temor de su artificiosa iranofobia, se estaba desmoronando y comenzó a destinar todos los recursos a su alcance para derrotar el acuerdo. Hoy en día existen evidencias de que algunos en Riad (capital de Arabia Saudita) no solo continúan impidiendo la normalización de la situación, sino que además están decididos a arrastrar a todo Oriente Medio a un enfrentamiento.

Parece que a Arabia Saudita le preocupa que, con la eliminación de la cortina de humo de la cuestión nuclear, se exponga la verdadera amenaza global: el papel activo de este país en apoyar el extremismo violento. La barbarie es clara. En casa, verdugos estatales decapitan con espadas a los disidentes, como la reciente ejecución de 47 prisioneros en un solo día, incluyendo al jeque Nimr al-Nimr, un respetado erudito religioso que dedicó su vida a la promoción de la no violencia y los derechos civiles. En el extranjero también los hombres enmascarados decapitan con cuchillos.

No olvidemos que los autores de numerosos actos de terror, desde los horribles atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York hasta los disparos en San Bernardino (en California) y otros episodios de brutalidad extremista en este periodo, así como casi todos los miembros de los grupos extremistas como Al Qaeda y los del frente Al Nusra han sido financiados por petrodólares y protagonizados por ciudadanos saudíes o por yihadistas con el cerebro lavado por demagogos que han promovido los mensajes antiislámicos de odio y sectarismo durante décadas.

La estrategia actual de los saudís para descarrilar el acuerdo nuclear y perpetuar —e incluso exacerbar— la tensión en la región está basado en tres componentes: presionar a Occidente en tal dirección; promover la inestabilidad regional a través de la continuación de la guerra en Yemen y patrocinar el extremismo; y la provocación directa a Irán. La campaña militar de Riad en Yemen y su apoyo a los extremistas son bien conocidos en la opinión pública occidental. No obstante, las provocaciones contra Irán no se han plasmado en titulares de los medios de prensa internacional, porque nuestra actitud de prudente moderación no ha permitido que se convierta en una crisis.

El Gobierno iraní condenó inequívocamente, al más alto nivel, el asalto contra la embajada saudí y el consulado de ese país el 2 de enero en Teherán, y asimismo garantizó la seguridad de los diplomáticos saudíes. También se tomó medidas inmediatas para ayudar a restaurar el orden en el complejo diplomático saudí y declaramos nuestra determinación a llevar a los autores ante la Justicia. Por otra parte, tomamos medidas disciplinarias contra aquellos que no pudieron proteger la embajada, y se inició una investigación interna para prevenir cualquier evento similar en el futuro.

Por el contrario, en los últimos tres años el Gobierno saudí o sus agentes tienen como blanco de sus ataques a las instalaciones diplomáticas iraníes en Yemen, Líbano y Pakistán, matando a diplomáticos iraníes y a funcionarios locales. También se han registrado otros tipos de provocaciones. Por ejemplo, los peregrinos iraníes en Arabia Saudita han sufrido un acoso sistemático (en un caso los oficiales del aeropuerto saudí en Jeddah agredieron a dos chicos iraníes, lo que provocó la indignación pública en nuestro país). Además, la negligencia de Arabia Saudita fue la culpable de la estampida durante el reciente hajj (peregrinación), que ocasionó la muerte de 464 peregrinos iraníes. Por otra parte, durante días las autoridades saudíes se negaron a responder a las peticiones de los familiares y del Gobierno iraní para acceder y repatriar los restos mortales de las víctimas  de esta catástrofe.

Además de lo mencionado, es una práctica habitual de los predicadores designados por el Gobierno de Arabia Saudita la incitación al odio y no solamente contra Irán, sino también contra todos los musulmanes chiítas. La reciente indignante decapitación del jeque Nimr fue precedida inmediatamente por un sermón de odio hacia los chiítas a cargo de un predicador de la Gran Mezquita en La Meca, quien dijo el año pasado que “nuestro desacuerdo con los chiítas no se terminará ni tampoco nuestras operaciones de suicidio encaminadas a luchar contra ellos”, mientras los chiítas permanezcan en la tierra.

A lo largo de estos episodios, Irán, confiando en su fuerza, se ha negado a tomar represalias, romper o incluso degradar las relaciones diplomáticas con Arabia Saudita. Hasta ahora estamos respondiendo con la moderación; pero la prudencia unilateral no es sostenible.

Irán no tiene ningún deseo en escalar la tensión en Oriente Medio. Necesitamos unidad para hacer frente a las amenazas planteadas por los extremistas. Nuestro Presidente y yo, desde los primeros días después de su elección, hemos expresado públicamente y en privado nuestra disposición a entablar un diálogo para promover la estabilidad y a combatir la desestabilización del extremismo; pero esta intención ha caído en oídos sordos en Arabia Saudita.El liderazgo de Arabia debe tomar una decisión: puede seguir apoyando a los extremistas y promover el odio sectario, o puede optar por jugar un papel constructivo en la promoción de la estabilidad regional. Esperamos que la razón prevalezca.

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