Columnistas

Pensar en lo bello

La estética y la búsqueda de lo bello entre los hombres nacieron mucho antes que la ciencia.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:15 / 14 de septiembre de 2017

Luego de nuestro último artículo sobre el hibridismo en la arquitectura y la existencia de edificaciones con otro tipo de estética, donde lo exagerado, lo sobredimensionado y lo impuesto son parte de la propuesta formal, nos pusimos a reflexionar sobre “lo bello”. Un tema sumamente complicado, pero no nuevo, porque la estética y la búsqueda de lo bello nacieron mucho antes que la ciencia.

Para algunos ciudadanos, ciertas construcciones con características exageradas en sus  volúmenes o detalles son obras bellas, para otros, no. Una realidad que lleva a preguntarse, ¿qué es lo bello? Según los expertos, la esencia de lo bello se encuentra en nosotros y no así en los objetos; lo que confirma, por ejemplo, que Leonardo Da Vinci naciera con el talento y la creatividad suficientes como para plasmar La Gioconda. Si bien algunos no “sienten” bella esta obra, ¿será que otro autor podría concebirla con ese algo invisible que la hace única?

Ésa es la esencia de las mentes creadoras de artistas, arquitectos, compositores de música, diseñadores, etc. entre los que hoy se incluye a quienes concibieron las nuevas tecnologías de comunicación e información (TIC). Estos últimos, pese a no tener relación directa con la estética del producto, sí la tienen con la creatividad, ya que no cabe duda de que las TIC son la obra más importante de la segunda mitad del siglo XX, pues ha logrado delinear la vida del ciudadano del siglo XXI, permitiéndole acercarse de forma directa al conocimiento y, entre éste, a las obras bellas que exponen virtualmente los museos en internet.

De esa manera, profundizar sobre la belleza es un tema por demás sensible, ya que durante siglos (desde Grecia) los filósofos reflexionaron sobre el fundamento de lo bello. En tiempos más recientes, el análisis y discusión sobre la estética reapareció con fuerza en Italia (1960), donde se planteó en un congreso la necesidad de repensar el conflicto de los opuestos a lo bello y lo feo, y su conciliación.

Habrá que aclarar que en ese evento la idea fue adelantarse a los problemas estéticos que vendrían en los nuevos tiempos y mucho más respecto a la crítica del arte: conflicto y conciliación, armonía y desequilibrio, lo étnico y lo político. Esto también relacionado con la diferenciación y repetición de obras, incluidas las de arquitectura. Sin embargo, ese ambicioso plan quedó bloqueado, y ello posiblemente fue lo mejor, ya que el mundo libre de las ideas y de la propuesta debe estar siempre abierto no solo a la creatividad, sino también al desarrollo conceptual distinto que requiere la nueva mirada de la belleza hacia el futuro.

En cuanto a la arquitectura, según nuestra percepción, cada obra de magnitud debiera ser abordada desde diversas perspectivas, pues sus grandes dimensiones colaboran en dibujar la ciudad. Empero, eso no significa pensar a la arquitectura a la manera de un juguete decorativo, ya que si fuese así, se traduciría en algo insignificante, útil solo para eclipsar a través de lo llamativo y lo exótico, y no por su belleza.

Existen obras sobrecargadas de formas y rebuscadas dimensiones, las cuales muchas veces crean un ritmo vertiginoso que termina desarmonizando con el entorno donde se asientan. Lo paradójico y alentador a la vez es que existen otras edificaciones que cuentan con gran presencia y conllevan una armonía que nutre a la urbe y a la vida ciudadana.

Es evidente que todo buen arquitecto, a pesar de tener un dominio sobre la razón, cuenta con un bagaje de conocimientos y don creativo que pueden conducir una obra a “lo bello”, sin que éste sea forzado.

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