Columnistas

Pequeñas deudas morales

¿Por qué no se juntan y cada año califican una canción y envían a nuestro representante?

La Razón / Édgar Arandia

04:54 / 22 de abril de 2012

La mirada de mi compadre Teo, con sus ojillos de Rasputín aymara, me recordó la promesa que le hice de no escribir sobre lo que está de moda, sino interesarme por la gente que no tiene a quien acudir para expresar sus pensamientos, penas y alegrías; porque de esas cosas está construida gran parte de nuestras vidas.

Hace tiempo le prometí reflexionar sobre algo que le tiene de mal humor y no puedo acercarme a su zapatería si no cumplo mi promesa de escribir sobre un tema que le quita el sueño. No son los bloqueos de mi barrio, alboroto en el que el más beneficiado resultó ser un vecino que sacó sus escombros para bloquear  la Yanacocha, esquina Manzaneda y los dejó tirados ahí. Mi compadre está feliz, eso sí, con la nueva ley de transportes que el alcalde Revilla hizo aprobar por el Concejo. También, al igual que yo, sabe que nunca saldremos campeones mundiales de fútbol, pero nos consolamos con la esperanza de que alguna vez podamos volver a ser campeones sudamericanos. Le tiene aburrido lo del TIPNIS y dice que los médicos se olvidaron que muchos estudiaron en la universidad pública y que él trabaja 14 horas y sufre cuando acude al servicio de la medicina pública porque no tiene seguro.

Ni siquiera eso lo tiene así, cejijunto y hostil conmigo, por eso, para no parecer político boliviano, cumplo mi promesa y escribo sobre su preocupación que la dejé pasar porque me parecía banal, debo confesarlo. Se trata de lo siguiente: tanto él como yo coleccionamos música boliviana, desde los discos Méndez, como silpanchos cochabambinos, hasta los MP3 truchos, su deleite es trabajar acompañado con música boliviana, mientras maja los cueros sin piedad y los une al ritmo de morenada con  su máquina de coser que traquetea como matraca. Se sabe la vida y milagros de los compositores e intérpretes y no sólo de sus tiempos, sino de mucho más atrás, cuando todo se hacía en familia, como las hermanitas Arteaga, las hermanitas Saldaña y otras que se pierden entre los telones del tiempo.

Su desilusión y frustración van juntas cada vez que las representaciones bolivianas en Viña del Mar pasan con pena y cero de gloria. Cada año se prepara para ver el desarrollo de ese inmenso aparato económico chileno y, cuando llega el día en que le toca el turno al representante del país, asume la actitud de un hooligans de un barrio bajo de Londres, agita la tricolor y la wiphala al televisor, como si el artista boliviano lo estuviera viendo. Así, como un fanático de fútbol,  sale derrumbado anímicamente por el resultado adverso del equipo de sus amores; entonces mi compadre cae en un estado depresivo preocupante, cierra el taller y anda como un demonio, puteando contra las autoridades que mandan “aprendices y chacras que nos hacen quedar mal.

—Cómo si no hubieran toneladas de músicos ¡carajo!”, farfulla. En ese momento es mejor retirarse, porque como fui autoridad de cultura siempre me refriega en mis lentes que no hice nada para remediar los consecutivos papelones en Viña del Mar en el que no ganamos ni la pichitanka de lata.

Para asistir al Festival de Viña existen normas muy simples: cualquier artista de más de 18 años puede inscribir su canción e intérprete y enviar su postulación a: Arlegui 615, segundo piso o casilla 4 D. Viña del Mar Chile. Una comisión califica la pieza, una por Chile y nueve por el resto de los países, y pone una orquesta a disposición de los elegidos. El premio al ganador son $us 30 mil y una Gaviota de Plata.

Él dice que los músicos bolivianos deben ponerse de acuerdo para no desprestigiar nuestro patrimonio artístico contemporáneo.

Admira a Sául Callejas, Yalo Cuéllar, Esther Marisol, “están en punto caramelo” repite; y con el maestro Nicolás Suárez y la sapiencia de Cergio Prudencio, Willy Posadas y Javier Parrado y otros maestros que no están visibles conformarían la selección boliviana de música.

Sugiere: por qué no se juntan y cada año califican una canción, pulen sus arreglos para orquesta y envían a nuestro representante: “Seríamos la senshashón” sueña, alborozado. Maestros de la música boliviana, por favor, hagan algo, no destruyan la amistad con mi compadre, por favor pónganse en tono popular, sólo Uds. pueden hacerlo, no el Estado, porque es sordo.

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