Columnistas

Pequeñas paradojas

Con la cámara digital ha quedado satisfecha la necesidad de guardar el momento, de detener el tiempo

La Razón / Abrelatas (porque todo nos llega enlatado) - Verónica Córdova

01:01 / 24 de noviembre de 2013

El fin del año escolar significa para los padres una larga sucesión de obras, conciertos, bailes y otras representaciones de fin de curso, donde los niños despliegan lo que han aprendido y los padres demuestran su capacidad casi ilimitada de capturar el tiempo.

Diez niños bailan vestidos de diablos o morenos en el escenario. Veinte padres o madres, munidos de otras tantas cámaras fotográficas, de video o celulares, ven las habilidades de sus hijos no a ojo pelado, sino a través del visor o la pantalla de sus variados aparatos electrónicos. El momento no queda fijado en la memoria, no hace falta, para eso está la memoria digital del aparato.

Hubo una época en la que la fotografía era un momento especial y único. Era cuando nos vestíamos y engalanábamos para ir a posar acartonadamente en el Foto Estudio, o cuando hacíamos el gran esfuerzo de contratar a un fotógrafo para que venga a retratar los momentos más especiales de nuestra vida. O, más tarde, cuando alguna gente ya podía tener una cámara en casa el costo de los rollos de película o del engorroso proceso de revelado nos hacía cuidadosos a la hora de decidir apretar el obturador.

Ahora esos cuidados no son necesarios. La cámara digital es ubicua y su espacio es ilimitado, permitiéndonos grabar la vida de nuestros hijos paso a paso y almacenarla después en un disco duro o en un DVD. Sólo en algunos, muy pocos casos, esos momentos únicos se imprimen en papel para guardarse en el analógico álbum familiar, que podemos volver a ver sin la ayuda de la electricidad, el hardware y el software de la tecnología.

Queda así satisfecha una necesidad antigua: la de guardar el momento, la de detener el tiempo, la de congelar la memoria y enseñorearnos así de su fragilidad, vencer su tiranía. ¿Para qué? Me pregunto a veces. Para volver a vivir alguna vez este momento único en que nuestro hijo bailó, o cantó, o sopló su vela o demostró cualquiera de sus cualidades, grandes o pequeñas. Para conservar ese momento precioso, que no pudimos ver claramente porque estábamos muy ocupados registrándolo con una cámara.

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