Columnistas

Perdidos andan unos cuantos

Estamos ‘perdidos’ no por falta de solución y caminos, sino porque ahí se pierde el fondo en cuestión

La Razón (Edición Impresa) / Gabriela Ichaso Elcuaz

03:43 / 05 de junio de 2014

Un poco más arriba el mentón, un poco más abierta la mirada... ese pequeño ejercicio recurrente resuelve la atrofia umbilical, que se denomina a la práctica de ir mirándose el ombligo, ahogando la buena respiración y la mejor oxigenación de las neuronas, con paños de aplausitos virtuales, de entornos tan fascistas como los que se dicen combatir, y que termina envejeciendo al refunfuñador y cediendo espacio a la intrascendencia.

¡El sol está, la energía fluye, estamos vivos y todo es posible a la nueva, porque a la antigua no se ha logrado nada, cansa lo mismo venga de donde venga, más aún viniendo de quienes no representan a nadie y se presentan diciendo representar a una generalidad imaginaria en sus sofocadas cabezas!

Mencionaba Leila Guerriero, citando a Héctor Abad Faciolince, que “cuando vengo a estos encuentros de escritores, me siento como un cura que ha perdido la fe en una reunión de obispos (…)”.  Sirva la analogía a todos los ámbitos de poder y de contrapoder, porque estamos “perdidos” cuando se fustigan sistemas desde actitudes asexuadas de autobendición (colocadas en la falsa postura de apolítica), para fustigar lo que desagrada, lo que se condena, sin otra propuesta que el dogma de que quien denuncia, que cree que con hacerlo ya cumplió y se sobreentiende como palabra santa y buena.  Estamos “perdidos” no por falta de solución y caminos, sino porque ahí se pierden los debates, los temas, el fondo en cuestión. Perdidos estamos cuando nos quedamos en “esto está mal”, “nada sirve”, “solo lo que yo digo vale y si no, mira cuántos (unos pocos cuantos) están de acuerdo con lo que digo y por eso tengo razón”.

Pero la realidad es otra. La construcción de lo nuevo existe, solo está dispersa, conectándose, interconectándose, más allá de autorreferentes sin mayores alcances, incapaces de reconocerle nada bueno a cualquier propuesta que no sea de su entorno. Les frustra quedarse afuera, cuando son ellos los que apuntan —desde los márgenes— a quien se anime a pensar diferente, a intentar otros caminos.

Así no habrá renovación ni innovación. La política de los francotiradores subsiste de encañonar lo mala que es la política y lo malo que es cualquiera que se atreva a la política.

Es una forma de vida, de necesidad de hacerse notar para sentirse valorados en la comodidad de no comprometerse con nada ni con nadie. Se asustan con la provocación: y si sabes tanto y entiendes todo tan a tu modo y crees que lo haces tan bien, ¿por qué no te mojas los pies y sales a buscar a todos los que están de acuerdo con vos, a proponer algo más que quejarte y ganarte el día a costa de los nombres de los demás?

O quienes han pasado todas las formas posibles de transa y acomodo para ocupar un cuarto de hora de fama mediática, que cuando se les acaba es culpa de alguien y no de la realidad (oh, sabia realidad que desplaza la ficción) que acaba poniendo a cada cual en su lugar. Están perdidos desde hace rato. Tanto o más que aquello o aquellos que sostienen un sistema viejo como la historia de la humanidad, pero que sobrevive como las cucarachas del deshielo y los tiempos inmemorables. 

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