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Peregrinaje

Será un encuentro agridulce, habrá anécdotas, rezos, lágrimas y también velas, baile, borrachera...

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:04 / 26 de octubre de 2014

Los imagino ansiosos, mirando de reojo el calendario mientras preparan sus más elegantes ternos, sus sombreros alones, sus polleras de más vistosos colores. Los imagino expectantes, apostando entre ellos quiénes serán convocados, quiénes a más de un lugar, quiénes con mejores banquetes, más abundantes, más dulces, más concurridos, más alegres.

Seguro algunos se van preparando ya para el dificultoso viaje. Los más antiguos preparan sus sillas de montar, desempolvan sus espuelas y sus fustes. Los de más cerca se anudan los tenis, calientan los motores de sus motos, preparan los atados, las viandas, los paraguas, las mantillas; no faltarán los recientes, que se enfundan en una sudadera y encajan en sus oídos unos audífonos para venir escuchando música mientras trotan.

Los caminos por los que vendrán los imagino amplios, con arboledas y retamas dando sombra a los peregrinos, con ríos caudalosos que se atraviesan con los zapatos en la mano. En el fondo, en la pampa, los rebaños de ovejas y de llamas acompañan a los caminantes, pero no los ayudan. Cada cual debe seguir su ruta, cada cual debe llegar por sus propias fuerzas al cuerpo de agua. Allí a veces hay un perro negro que señala los vados a ladridos.

Pasado el río o la laguna empieza el descenso, es largo, empinado, pedregoso. Hay quienes tienen la suerte de disponer de una escalera de pan o unas cañas entrelazadas para ayudarse a bajar, pero muchos parientes la olvidan y sus muertos deben llegar a cuatro patas, a rastras, arañando el muro casi vertical y ensuciando sus galas en el proceso.

Con escalera o sin ella, llegarán al mediodía. Un temblor en la llama de la vela, o una mosca zumbona que se posa descuidada sobre el azúcar será la señal de que, por fin, han venido a visitarnos. Cansados, beberán del agua, el vino, la cerveza o el singani que les han dejado en la mesa. Hambrientos, comerán maicillo, pan dulce, fruta o, los más afortunados, un plato de la comida que más les gustaba en vida. Quizás en el altar y sus alrededores se encuentren con otros amigos y parientes que visitan también desde el Otro Lado, pero definitivamente verán a sus seres amados que todavía viven aquí y los recuerdan. Será un encuentro agridulce, habrá anécdotas, rezos, lágrimas y también velas, música, baile, borrachera. Qué triste debe ser la mirada de los que ven a las otras almas iniciar el viaje, y se quedan al Otro Lado porque aquí no hay nadie que los espera.

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