Columnistas

Pérfida pureza

Somos toda mezcla, como lo es todo en el mundo y en la historia y en el arte y en la religión

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:54 / 31 de octubre de 2012

Hace ya muchos años, el poeta cubano Nicolás Guillén escribió Digo que yo no soy un hombre puro, que se desgrana bellamente en versos como: “Yo no voy a decirte que soy un hombre puro. / Entre otras cosas falta saber si es que lo puro existe. / O si es, pongamos, necesario. O posible. O si sabe bien. /¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura, / el agua de laboratorio, sin un grano de tierra o de estiércol, / sin el pequeño / excremento de un pájaro, el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno? 

¡Puah!, qué porquería. / Yo no te digo pues que soy un hombre puro, yo no te digo eso, sino todo lo contrario. / Que amo (a las mujeres, naturalmente, pues mi amor puede decir su nombre), / y me gusta comer carne de puerco con papas, y garbanzos y chorizos, / y huevos, pollos, carneros, pavos, pescados y mariscos, / y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino, y fornico (incluso con el estómago lleno).

Soy impuro ¿qué quieres que te diga? Completamente impuro. / Sin embargo, creo que hay muchas cosas puras en el mundo / que no son más que pura mierda. / Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario. La pureza de los novios que se masturban / en vez de acostarse juntos en una posada. / La pureza de los colegios de internado, donde abre sus flores de semen provisional / la fauna pederasta. La pureza de los clérigos. La pureza de los académicos. / La pureza de los gramáticos. La pureza de los que aseguran que hay que ser puros, puros, puros.

La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia. / La pureza de la mujer que nunca lamió un glande. La pureza del que nunca succionó un clítoris. / La pureza de la que nunca parió. La pureza del que no engendró nunca. / La pureza del que se da golpes en el pecho, y dice santo, santo, santo, / cuando es un diablo, diablo, diablo.  En fin, la pureza de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro para saber qué cosa es la pureza. Punto, fecha y firma. Así lo dejo escrito”.

Nicolás Guillén, nacido en Camagüey en 1902 y muerto en 1989, realizó una intensa carrera de actividades culturales, políticas y diplomáticas de su país, ocupando cargos importantes después del triunfo de la revolución cubana. Poeta, mulato y bohemio, él sabía muy bien de qué hablaba al escribir esa reflexión irónica e irreverente.

Una irreverencia que nos cae muy bien en estos tiempos bolivianos y sudamericanos, en los que pareciera que hay que mostrar raíces de pureza indígena o indigenista o revolucionaria o socialista del siglo XXI o pachamamista o cualquier otra cosa antigua o exótica. Sin embargo, somos toda mezcla, como lo es todo en el mundo y en la historia y en el arte y en la religión.

Nadie ha podido demostrar que haya grupos humanos que descienden de un único tronco, ni culturas de una sola vertiente. En cambio, hay evidencias suficientes de a qué estados de malicia y podredumbre llevan los esfuerzos (infructuosos) de mantener la pureza de las razas, de las culturas, de la fe y del conocimiento. Por eso, como el mulato Guillén, yo también digo y suscribo que yo no soy una mujer pura ¿Y usted?

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