Columnistas

Periodismo bajo fuego

La autoridad edil dio una torpe muestra de iracundia, exabrupto, soberbia y vacío intelectual

La Razón / Pablo Mendieta Paz

00:24 / 19 de enero de 2012

Trátese de la guerra que fuere (con misiles y armamento sofisticado, guerra civil, guerra de guerrillas o guerra a palos), no hay ninguna que no sea absurda, por más que a lo largo de la historia insignes estrategas de la irracionalidad le hubieran conferido principios de orden científico y hasta sublimemente artísticos —el caso por ejemplo de Sun Tzu, general chino del siglo V antes de Cristo, en cuya lóbrega filosofía define que, en esencia, el arte de la guerra es el arte de la vida—.

Lo cierto es que, como desenlace de las últimas guerras, más de 100 periodistas fueron asesinados en 2011, especialmente en Pakistán, Irak y México, donde la violencia en cada una de esas naciones acabó con la vida de 11 de ellos; espeluznante estadística de una actividad que no persigue otro fin, ya lo sabemos, que no sea el de dar a conocer información a partir de su fundamento capital: la noticia. Pero así como el ejercicio del periodismo en esos escenarios se ha transformado en la puesta en escena del valor y el heroísmo, la práctica de esta noble profesión en otras dimensiones más pacíficas, pero no por ello menos opresivas, toman el pulso del estoicismo y carácter de mujeres y hombres que van a la búsqueda de información, basada en la certeza y ecuanimidad.

Sin llegar a los extremos de los sistemas totalitarios, como el de Stalin o de Hitler, se han erigido otros órganos superiores de coerción, limitación de libertades y, sobre todo, de manipulación mediática; aquellos de la propaganda sutil que disparaban mensajes de toda especie, mayormente subliminales, dirigidos a influir en el conjunto de valores del ciudadano y en su conducta, y a silenciar al periodismo; no muy diferentes, en esencia de las propagandas blanca, gris y negra que surgieron posteriormente en la “sigilosa virulencia” de la Guerra Fría.

Lejos de lo anterior, decía, han aparecido en los últimos tiempos estadistas de miniatura con gruesos manuales de acción bajo el brazo, en los que se perfilan fórmulas innovadoras orientadas a acallar la voz del ciudadano, y en particular del periodismo; una voz para ellos punzante y molesta que tiende a bajar el tono de sus megalomanías y grandilocuentes discursos, a veces rabiosos, que aturden a una opinión pública que espera de ellos, como mínimo, mesura y serenidad dialéctica. Pero la impostura no ocurre únicamente con los estadistas.

Hace pocas semanas, el Alcalde de Santa Cruz, en un arranque de pirotecnia verbal, fustigó dura y soezmente a un periodista, que supuestamente había tenido la osadía de juzgarlo. Con palabras que sonaban como latigazos, y frases tan demoledoras que, como ocurre en el boxeo, parecían una seguidilla de uppercut al mentón y al hígado, la autoridad edil dio una torpe muestra de iracundia y exabrupto, soberbia y matonismo, destapando un enorme vacío intelectual  para sostener argumentos de orden personal y profesional, quebrantando además las más elementales reglas del hablar prudente y respetuoso.

Una demostración más de la serie de ataques contra periodistas, cuya dignidad, honra e integridad puestas al servicio de la libertad de expresión (un derecho incoercible) no pueden ser ultrajadas por el grito y el insulto, tan opuestos al ejercicio de la razón; quien tendría que ser la etiqueta distintiva en la función de cualquier autoridad nacional, sea ésta de mayor o menor jerarquía. Pero en los hechos, como puede verse (y oírse), el asunto es invariable. La historia lo ha proclamado: en todo tiempo y lugar siempre ha existido la represión, y existirá, pues, si parafraseamos en sustancia lo que advierte con irrefutable veracidad Francisco Umbral: Es de ley que el periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, e inquietos a los gobiernos…

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