Columnistas

Persistencia del error

Parece nomás que somos un animal de costumbres, de fijaciones. Nos cuesta asumir lo nuevo

La Razón / Jaime Iturri

00:02 / 01 de noviembre de 2013

Para estas fechas mis horas de trabajo se alargan todos los años. No importan las numerosas promesas que me hago impajaritablemente en enero y febrero de revisar los trabajos de mis alumnos periódicamente. La verdad es que lo urgente posterga lo importante y hasta me gana la modorra de “no importa, lo hago el próximo fin de semana”.

Lo concreto es que se me acumulan centenares de papeles, y armado de un buen batallón de bolígrafos rojos voy al ataque. Y vuelvo a descubrir todo tipo de errores: de enfoque, falta de fuentes, etc. No obstante, los errores más persistentes tienen que ver con la ortografía. Y uno se pregunta, ¿qué hicieron estos muchachos y muchachas para graduarse como bachilleres? ¿Dónde estaban sus profesores de lenguaje? ¿Cómo aprobaron la materia de lenguaje al comenzar sus estudios universitarios? No tengo respuestas.

Y la cosa se agrava mucho más cuando descubrimos la persistencia de errores que tienen más edad que los propios alumnos. Por ejemplo en la acentuación de palabras monosílabas que no poseen doble significación. La regla fue dada en 1952 (lo he investigado) por la Real Academia de la Lengua y en concreto dice que los monosílabos que no tienen doble significación no llevan ya tilde. Por ejemplo fue, vio, etc.

Y sin embargo, chicos que en su gran mayoría tienen entre 20 y 25 años, es decir que nacieron a principios de los 90 (casi 40 años después de dictada la norma), siguen poniendo tilde. ¿Es que nadie les enseñó? ¿O es que sus profesores ni se enteraron de los cambios y les hacían poner tilde?

No lo sé, pero reconozco que hay aquí una asignatura pendiente para pedagogos y para psicólogos sociales. ¿Por qué nos empeñamos tanto en la persistencia del error? ¿Por qué nos aferramos tanto a lo viejo y no a los cambios? Las palabras cambio, transformación y revolución están entre las más bellas y las más empleadas por los seres humanos. Y sin embargo, ¿realmente queremos cambiar, transformar, transformarnos, revolucionar, revolucionarnos?

Parece nomás que somos un animal de costumbres, de fijaciones. Nos cuesta asumir lo nuevo, quizá con la excepción de la moda y de la música, donde con frecuencia estamos buscando innovaciones. Sobre todo en la juventud, luego nos estabilizamos en lo que vestimos, y en las canciones, buscamos las del recuerdo. Es hora de revolucionar a los revolucionarios y —sobre todo— a los maestros, porque no escribir bien es condenarnos a que no nos entiendan.

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