Columnistas

Personajes sospechosos

Estos programas de televisión tienen valor como diversión ligera o placeres culpables.

La Razón / Umberto Eco

03:45 / 07 de octubre de 2012

En la televisión, las parejas en la cama hacen una o más de las siguientes cosas: hacen el amor, riñen o discuten por qué uno de ellos tiene dolor de cabeza. En ocasiones, simplemente se dan la espalda sin escucharse. Lo que nunca parecen hacer es leer libros. Consumimos ansiosamente estos programas y luego nos quejamos de que, en el mundo real, la gente nunca lee, ya que se comportan de acuerdo con los modelos presentados en la televisión. Entonces, ¿qué más estamos aprendiendo inconscientemente de la televisión?

¿Qué sucedería si un agente de policía llegara a su puerta y le empezara a hacer preguntas? Si usted fuera un criminal endurecido —un mafioso con un historial o un asesino serial psicótico, por ejemplo— respondería con insultos y una risa desdeñosa, o se tiraría en el piso y crearía una distracción fingiendo un ataque epiléptico. Pero suponiendo, más bien, que es usted una persona común con un historial limpio, probablemente invitaría al agente a entrar, se pararía cortésmente frente a él y respondería a sus preguntas con calma, aunque con un toque de preocupación. Así es como las conversaciones tienden a darse en el mundo real.

¿Pero, qué pasa con los programas policiacos? (Los cuales —no vaya a creer que soy un moralista aristocrático— sí veo; particularmente ciertos programas franceses y alemanes que no incluyen violencia excesiva ni explosiones exageradamente dramáticas). Cuando el policía hace preguntas, el ciudadano siempre continúa con lo que está haciendo. Mira por la ventana, termina de prepararse el desayuno, lava platos, se cepilla los dientes y responde al teléfono, saltando de un lado a otro de una manera que para nada parece natural. Después de un rato, finalmente le pide al policía que se vaya porque tiene muchas cosas que hacer.

¿Por qué los directores insisten en proyectar esta idea de que los agentes de policía deberían ser tratados como irritantes vendedores de aspiradoras puerta a puerta? Es cierto que un sospechoso con malos modales desencadena el deseo de venganza en el público (hace que los televidentes ansíen el momento al final en que triunfe el humillado detective). ¿Pero qué tal si eso no es lo único con lo que se quedan? ¿Qué tal si algunos televidentes menos inteligentes toman esto como parámetro de que deberían tratar a los agentes de policía con desdén, creyendo que ésta es sencillamente la forma en que se hace? Quizá las cadenas que comisionan y difunden series televisivas no se preocupan por esas cosas; después de todo, si los dramas de procedimientos policiales y tribunales nos han enseñado algo es que no siempre hay consecuencias para quienes están arriba.

Luego, por supuesto, está la cuestión del periodo de atención. Los directores de televisión parecen haber decidido colectivamente que si una escena de interrogatorio dura más de un minuto, tiene que haber algo de movimiento; algo de interés visual. No pueden sacar solamente a dos actores hablando cara a cara. Así que hacen que el sospechoso se mueva de un lado a otro. ¿Pero, por qué un director no puede sostener —y conceder a los televidentes el beneficio de la duda de que ellos, también, pueden permanecer sentados durante su transcurso— una escena donde dos personas se vean a los ojos por unos minutos, especialmente si están discutiendo asuntos de gran interés dramático? Porque para hacerlo bien, el director tendría que tener, cuando menos, la competencia de Orson Welles, y los actores tendrían que estar al nivel de Emil Jannings en The Blue Angel. o Jack Nicholson en The Shining, personas que pueden manejar un acercamiento y expresar su estado mental con una sola mirada o una sutil curva de la boca.

En Casablanca, Ingrid Bergman y Humphrey Bogart podían hablar durante muchos minutos sin que el director Michael Curtiz (que no era exactamente Sergei Eisenstein) se permitiera apenas una toma de acercamiento medio. Pero en estos días, cuando un equipo de producción se ve obligado a filmar un episodio (y en ocasiones más) cada semana, los productores de televisión probablemente no pueden permitirse ni siquiera un director del calibre de Curtiz. En cuanto a la calidad de los actores, si se las ingenian para dar lo mejor de sí mismos mientras comen hot dogs entre golpazos sobre un teclado de computadora de utilería, como sucede a menudo en los programas policiacos alemanes, entonces el programa lleva las de ganar.

Evitaré moralizar. Estos programas tienen valor como diversión ligera o placeres culpables. Mi preocupación es simplemente que quienes sólo ven la televisión y nunca se molestan en abrir un libro olvidarán (o nunca descubrirán en primer lugar) que en algunas historias, y en el mundo real en el que se basan, las personas realmente se sientan quietas y se miran una a la otra a los ojos.

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