Columnistas

Perspectivas económicas preocupantes

La volatilidad y la incertidumbre son las características principales de la coyuntura económica

La Razón (Edición Impresa) / Ciudad futura - Horst Grebe López

00:00 / 22 de junio de 2014

La volatilidad y la incertidumbre son las características principales de la coyuntura económica internacional. Las consideraciones que respaldan semejante afirmación se refieren a las repercusiones que se derivan del conflicto en ciernes en el Medio Oriente; los problemas del abastecimiento de energía desde Rusia a Europa; las tensiones inocultables entre algunos gobiernos e instituciones de la Unión Europea respecto de las medidas necesarias para evitar la deflación y el consiguiente aumento del desempleo; las consecuencias de una eventual moratoria de la deuda de Argentina con tenedores privados y, por último, los problemas que podrían desbordar desde Venezuela hacia otras economías de América del Sur.

Como suele ocurrir en tales circunstancias, las primeras señales que tipifican un cambio en la coyuntura internacional consisten en movimientos más acentuados de lo usual en el ámbito de los precios relativos. Se observa en efecto un aumento importante del precio de los hidrocarburos y del oro, acompañado por fluctuaciones pronunciadas de las paridades entre las monedas de reserva internacional y oscilaciones diferenciadas de las cotizaciones de otros productos básicos, según sea su relevancia en un contexto de fuertes pugnas geopolíticas entre las principales zonas económicas del mundo.

Todos estos síntomas de inestabilidad generalizada en la economía mundial ponen claramente de manifiesto que la crisis financiera de 2008 no ha sido superada todavía en los países industrializados, y que sus impactos ahora se hacen presentes también en las economías emergentes, que resistieron bastante bien en los primeros años de la presente década. Esto quiere decir que ninguno de los motores que impulsaron el crecimiento global en los diez años pasados, está operando en los niveles esperados, lo cual podría traducirse en una recesión global de largo plazo.

Desde la perspectiva latinoamericana parece también finalizada la etapa en la que algunos líderes políticos podían sostener que la región había dejado de ser el problema y que formaba más bien parte de la solución a la crisis económica general. Los indicadores estructurales de las principales economías latinoamericanas nunca respaldaron en verdad dicho aserto, y ahora lo hacen mucho menos las señales inmediatas de la coyuntura. En todo caso, parece estarse cerrando la ventana de oportunidad que se presentó temporalmente para llevar a cabo transformaciones profundas de la matriz productiva, la naturaleza de la inserción internacional y el avance efectivo de la integración regional. La realidad imperante les da ahora la razón a todos los que a lo largo del periodo de bonanza alertaron sobre los riesgos que traería consigo la falta de diversificación manufacturera de las exportaciones latinoamericanas, así como el abandono de las estrategias de integración económica, entre otras asignaturas pendientes.

Existen fundadas razones para sostener que la economía boliviana no forma parte del cuadro crítico reseñado someramente líneas arriba. Nuestros fundamentos macroeconómicos siguen todavía sólidos y se comparan muy favorablemente con los indicadores de los países sudamericanos. Estamos por supuesto muy lejos de tener los problemas de Argentina o Venezuela, pero eso no quiere decir que el rumbo que llevamos nos esté alejando de tales situaciones. Más bien todo lo contrario.

A muy corto plazo habría que reflexionar sobre las consecuencias que trae aparejadas la factura pendiente de pago de las exportaciones de gas a la Argentina, y más adelante sería también recomendable revisar sin prejuicios las perspectivas a mediano plazo de los propios cimientos materiales de la política económica en boga.

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