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Perú: campañas posibles

En términos de campaña electoral, lo que Verónika Mendoza hizo y cosechó es simplemente inaudito

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Rocha fuentes

01:09 / 15 de abril de 2016

A Verónika Mendoza le costó ganarse la confianza del electorado de las izquierdas los últimos años en que ejerció como congresista. Luego tuvo que afrontar a sus propios compañeros y compañeras para alcanzar la candidatura de la presidencia por el Frente Amplio, partido que por entonces ya reunía a las más variadas fuerzas de esa izquierda que los últimos años le fue ajena al Perú, acostumbrada a cosechar consuelos electorales en las urnas; con el tiempo, algunas de estas fuerzas terminaron segmentándose. Con todo, Verónika estaba consciente de las condiciones en las que asistía a una confrontación electoral de tipo nacional en un país con un escenario político como Perú.

En términos de campaña, lo que Verónika Mendoza hizo y cosechó es simplemente inaudito. Un ascenso desde el 1% hasta un 19% casi al terminar el recuento oficial y en menos de cuatro meses de campaña es absolutamente destacable. Más aún considerando el arraigado escenario político sobre el cual tuvo que pelear voto a voto ese resultado. Todo en su campaña fue fascinante y digno de estudio; desde su tropezado inicio, en el que parecía que le jugaba en contra un discurso principista y radical; hasta la etiqueta de Twitter que rápidamente se posesionó en Perú el mismo sábado previo a la votación y que fue desatado por un spot generado —se podría decir— en su contra, cuando sus votantes decidieron decirle al Perú (redes sociales digitales de por medio) que ese país aún era representado por el mozo de un restaurante acomodado en el centro de Lima donde reinaba el miedo al cambio (el trend topic #YoSoyElMozo y lo que giró en torno a él fue el último hito de una ardua campaña que resumía, sin buscarlo, la realidad contra la que un buen porcentaje de peruanas y peruanos habían decidido dar batalla en las urnas).

En términos de opinión pública la tendencia favorable y sostenida parecía apuntar a la real y tangible posibilidad de que Mendoza alcanzaría a ser parte de la segunda vuelta junto a Keiko Fujimori, cuyo liderazgo en las encuestas era indiscutible. En suma, la expectativa del domingo pasado no radicaba solamente en los optimistas corazones peruanos de izquierda que finalmente habían encontrado un espacio para depositar su esperanza, sino que propios y extraños estuvimos a la expectativa de los resultados de boca de urna primero, conteo rápido después y cómputo finalmente para convencernos de que, en efecto, la hora de pelear la presidencia de Verónika no había llegado aún.

Lo acontecido en el país vecino, gracias a esta cuzqueña de 35 años que supo aprovechar cada día de campaña, es una buena noticia para las izquierdas; Latinoamérica misma ya extrañaba desde hace un par de décadas que esta opción se juegue de manera seria el voto en Perú. Mientras, en el resto del continente (a reserva del debate sobre la profundidad o duración del mismo) se vive una suerte de ocaso de los proyectos de izquierda del siglo XXI, que iniciaron hace ya otro par de décadas. Verónika, qué duda cabe, bebió de las vertientes de estos procesos; el tiempo dirá si toca ahora devolver el gesto en su venidera labor como considerable oposición. Cierto es que, en gestión de campaña electoral, ella y su equipo ya están en condiciones de venir a dar unas cuantas lecciones a su símil en el país.  

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