Columnistas

Peruanos (in)visibles en El Alto

El Alto es seguramente el mayor centro importador  de inmigrantes extranjeros a Bolivia

La Razón / Xavier Albó

00:06 / 14 de abril de 2013

Bolivia tiene fama como exportador no sólo de materias primas, sino también de recursos humanos; con una excepción: El Alto de La Paz es seguramente el mayor centro importador de inmigrantes extranjeros a Bolivia. Provienen sobre todo del sur del vecino Perú, que exporta también multitudes a Lima, Tacna y otras partes de la costa. Pero para muchos la megapolis paceña, y muy particularmente El Alto, es también una alternativa atractiva.

Hay varios estilos. Uno es el de sectores empobrecidos del altiplano sur peruano, a los que puede resultar más cercano y atractivo llegar a Desaguadero y, en una o dos horas más, a El Alto, como una expansión del ya clásico proceso migratorio de las comunidades altiplánicas hacia la ciudad, quizás manteniendo de alguna manera un pie en ambas partes. El Alto puede ser entonces un piso socioecológico complementario a los varios que ya tenían en el campo.

Otro estilo, ahora quizás el predominante, es el de los comerciantes en su amplio abanico de variantes, desde los pequeños vendedores callejeros y los p’ajpakus que cantan las glorias de la maca y la uña de gato en el transporte público, hasta redes más sofisticadas que distribuyen, por ejemplo, textos en los colegios o software en las oficinas. El contrabando y, dado el caso, la pichicata son las variantes peligrosas de este segundo estilo. Para todos ellos la frontera internacional se convierte en una oportunidad más que en una barrera. Algunos sólo son transeúntes. Pero otros instalan un domicilio estable en El Alto, aunque no lo ocupen siempre.

Un tercero —más activo en los años 80 y 90, cuando el Perú se había hecho tan inseguro— es el de los escapados de la violencia o refugiados de la persecución política: unos eran “terrucos”; otros, “soplones” y muchos, víctimas de ambos; a bastantes El Alto (y otras partes) les ha permitido reconstruir su vida. Otros son mecánicos, artesanos, empleados, artistas... unos pocos, delincuentes.

Desde antiguo hay también un sector más burgués y pudiente. Una de las avenidas más antiguas de El Alto, en el corazón de la inmensa Feria 16 de Julio, se llama Alfonso de Ugarte —el héroe militar peruano de la defensa de Arica frente a los chilenos— y en ella está también el monumento a Túpac Amaru (muy anterior al de Túpac Katari). En esta avenida (hoy más conocida como Chacaltaya) lucen hoy varios edificios del nuevo art nouveau alteño, con grandes vitrales y su chalet en el último piso, pertenecientes a estos peruanos más ricos.

Pero la cifra total y real de todos esos peruanos alteños sigue siendo un misterio. No llegará a ser descifrada tampoco por el reciente censo 2012, aún no recontado, porque un número desconocido pero sin duda significativo de esos peruanos prefiere mantenerse en bajo perfil o aparecer incluso como boliviano. Se debe en parte a que sigue habiendo estigmas y discriminación contra ellos en los medios e incluso en la Policía: cuando hay un asalto, se oyen y leen frases poco comprobables como “por su forma de hablar (¡o de caminar!), se notaba que eran peruanos”. Otro factor es que, sobre todo en sus sectores más populares, hay aún bastantes indocumentados.

Estas son algunas de las primeras impresiones de una modesta investigación recién iniciada por un grupo de la Iglesia Católica para comprender y poder convivir mejor con todos ellos. ¡Somos tan semejantes y tan hermanos a uno y otro lado de esas fronteras! Convirtamos nuestras fronteras en anchos puentes de intercambios.

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