Columnistas

Picachuri y el patrimonio

Varios edificios patrimoniales están en riesgo y su destrucción significa la desaparición de nuestra historia

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:03 / 06 de septiembre de 2015

En la esquina Ayacucho y Comercio se encontraban los puntos de vista ideales para apreciar la arquitectura de principios del siglo XX de la ciudad de La Paz. Mirando hacia la zona Sur, donde estalla la luz del Illlimani, hacia la iglesia de La Merced, se contemplaban ejemplares de edificios construidos amorosamente con balcones de fierro fundidos, seguramente importados de Europa, arcadas de puertas que permitían el paso de los caballos y los jinetes —resabios de las estructuras coloniales— fijadas con sillares finamente tallados, que quedaron de la Colonia y fueron respetados por su belleza y su proverbial firmeza. Los decoradores de yeso, que le ponían una característica de orfebrería a los marcos y las ventanas de los balcones que prolongaban las salas hacia el paisaje, las calles y las plazas, ya no existen más al lado del Palacio Legislativo.

Muchos turistas miraban fascinados estos pocos ejemplares de viviendas que en nuestra ciudad fueron demolidas a nombre de la modernidad, sin ninguna planificación, sino más bien como fruto de la ingenuo afán de ser “modernos”, privando a la ciudad de este extraordinario muestrario, cuya unidad visual partía de la hilera de balcones de distintos estilos, arcos de medio punto, apuntados y archivoltas que eran un solaz para la vista.

Sin embargo, esta cuadra fue ya desprovista de esa unidad cuando se inició la ampliación del Palacio Legislativo en la calle Comercio, en los años 80. Los balcones fueron eliminados y reemplazados por ventanales-muros, interrumpiendo abruptamente el lenguaje entre las aceras de masas, formas y luz de los edificios de la librería Gisbert, la Gobernación, el ex Banco Minero y los edificios que ahora fueron demolidos. Solo un magnífico portón pétreo cuyo destino no sabemos si forma parte del diseño final se mantiene en pie.

Los arquitectos bolivianos no se han especializado precisamente en estética urbana, y los pocos que sí se preocuparon por este aspecto son una minoría, que no tiene relevancia ni poder para evitar estas improvisaciones que no toman en cuenta aspectos que —al modificar el espacio— suscitarán en la vida cotidiana de la ciudad, aparte del mamotreto que impedirá la distribución de la luz, los hábitos culturales de una ciudad solar, el tránsito peatonal que calcutizará la ciudad (convirtiéndola en una ciudad pesadilla), entre otros problemas como la higiene y la polución de los automotores.

El 30 de marzo de 2004, el minero Eustaquio Picachuri se inmoló en el interior del Palacio Legislativo, poniendo en evidencia —con sus vísceras— la deshumanización de las políticas económicas que privilegiaban a los sectores privilegiados y apabullaban a los más desprotegidos. El neoliberalismo estaba en su punto y la pauperización del Estado no permitía obras monumentales, ni mucho menos ampliar su infraestructura. Mientras salía el humo del Legislativo y la sociedad se mostraba aturdida por esta extrema medida, nosotros pensábamos que era la oportunidad no solo de corregir conductas políticas entreguistas, sino de devolver la dignidad también al edificio, restituyendo sus antiguos ventanales. No fue así, oscurecieron los paneles, acentuando la sensación de un espacio donde se elucubran cosas misteriosas y malignas.

El espacio es el protagonista de la arquitectura, cada época tuvo su manera de manejarla y representarla, desde la escala humana de los griegos, los espacios cristianos y sus diversas interpretaciones: la política, la filosófica-religiosa, la científica, económica social, técnica fisio-sicológicas, formalista espacial y antropológica. ¿Tomarían en cuenta estos factores los arquitectos e ingenieros a la hora de entregar los diseños finales?

Hace ya un año que la Ley de Patrimonio fue promulgada, este instrumento jurídico podría impedir las improvisaciones, pero hasta la fecha no tenemos el reglamento para su aplicación, ocasionando perjuicios más que beneficios. Entre tanto, varios edificios patrimoniales están en peligro, y su destrucción significa la desaparición de nuestra historia.

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