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Piel

Un enredo narrativo que pareciera tras-tocar los pilares que aparentan sostener a la sociedad burguesa

La Razón / Ana Rebeca Prada

02:17 / 21 de diciembre de 2011

Secuestrar al muchacho (Vicente), que estás seguro ha violado a tu hija que ha salido del psiquiátrico en el que fue internada luego del suicidio de su madre. Esa madre que en la fuga con el amante (hermano del marido, pero ni el uno ni el otro sabe de este lazo) tiene un accidente del que la rescatan carbonizada, pero con vida. El marido, Roberto, cirujano plástico, especialista en trasplante de cara y creador de una piel sintética, se dedica día y noche a cuidarla, logrando asegurar su supervivencia. Al ver ella que se ha convertido en un monstruo, se lanza al vacío y muere. La hija (Norma [!]), niña en ese entonces, ve la caída de la madre y un tornillo se le suelta en la cabeza. Años después, ya jovencita y recién salida del psiquiátrico, sale al jardín con Vicente y lo invita al abrazo sexual, dándose cuenta (decidiendo) en medio de todo ello que está siendo violada. Roberto la está buscando y cuando la encuentra en el jardín atontada por la cachetada que le ha dado Vicente cuando ella empieza a gritar, la abraza, ella despierta e identifica al padre con la violación. Debe volver al psiquiátrico y poco después se suicida, tirándose por la ventana, como la madre.

Mientras tanto, Roberto tiene a Vicente secuestrado y le practica una vaginoplastia, en lo que será el inicio de un proceso de transformación del muchacho en mujer. Le crea unos senos perfectos, transforma su cuerpo (con hormonas) en el de una mujer muy hermosa. Ahora Vicente (del que ya no ha quedado nada físico) se llama Vera Cruz (!). La última cirugía del proceso es la transformación de la cara, y por lo que escuchamos decir a la antigua empleada (que en realidad es la madre de Roberto, pero él no lo sabe), la cara es idéntica a la de la esposa muerta. Lo que se había presentado como una acción de castigo al violador y de experimentar en un ser vivo sus investigaciones científicas, termina revelándose como la de devolver la amada muerta a la vida.

O sea: el “violador” de la hija (que se suicida) es ahora una réplica de la esposa quemada (que se suicida) y objeto de deseo personificado del torturador nostalgioso. Terminan en fogoso romance: él amando a la réplica, reencontrándose con el “original” perdido; él/ella fingiendo amor para lograr finalmente matarlo y así escapar.

De impecables actuaciones, de fotografía extraordinaria, de humor negrísimo, de música embrujante (en la voz de Concha Buika), el film arma un enredo narrativo denso y ramificado que pareciera trastocar todos los pilares que aparentan sostener a la sociedad burguesa: familia, pareja, filiación, heterosexualidad, pureza, ética médica, leyes y justicia, cordura, racionalidad, el gran NO al incesto. Estamos, claro, en el terreno que mejor conoce Almodóvar, trabajando como pez en el agua en las fisuras y resquicios de los deseos más oscuros (de los de a de veras, pues), las obsesiones, los dolores-veneno, los amores enfermos y los secretos más turbios del alma.

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