Columnistas

Piratas en tierra

¿Quién no tiene un disco compacto falso o un programa trucho en su casa?

La Razón / Erick Ortega

00:10 / 11 de marzo de 2012

Despacio, casi sin darnos cuenta, nos hemos visto de cabeza en un mundo repleto de piratería. Y, en el último tiempo, tuve charlas con un falsificador muy original que me hizo repensar en este mundo caótico.

Aquel amigo, a quien llamaré La Morsa, me dijo que la única forma de que la cultura se multiplique es por la vía pirata. Según su lógica, sólo de esta manera se pueden acceder a esas películas vetadas al público masivo por el excesivo precio de las entradas para verlas en el cine en pantalla grande, con sonido sensurround y pipocas de sabores y colores incluidos. Según su punto de vista, él prefiere pagar Bs 20 por un libro en la calle que Bs 100 en las librerías.

Aunque me duela en mi estricto y barato sentido justicialista, creo que tan loco no está; pero como los periodistas somos paladines de la ley y héroes de papel le dije que no, que eso está mal, que la piratería mata (aniquila sin derecho a indulto) a la industria nacional y que perjudica a los artistas y a los inversionistas. Ni qué hablar de la industria cinematográfica.

Recuerdo que La Morsa se reía y, recordándolo bien, me doy cuenta de por qué le puse ese apelativo. Me contó que esas empresas estaban forradas de dinero y que a Brad Pitt no le afectaba que su película sea pirateada. Me recordó que Vargas Llosa no iba a sufrir económicamente si su libro se fotocopiaba en La Paz.Claro que no tenía argumentos cuando le conté que gracias a la piratería hay cines que bajaron el telón y algunos están sufriendo lentamente los 300 golpes de la falsificación.

Mientras él quemaba (o mejor dicho copiaba) sus películas, me di cuenta de que esa actividad era para él la vida misma. Entonces no iba a estar en contra de algo que le daba de comer a él y a su familia.

La Morsa me atacó por otro flanco. Me preguntó si yo tenía algún disco compacto trucho en casa. Me preguntó si yo alguna vez había escuchado música de un CD comprado en la calle.

Y claro, le contesté que yo siempre le dije “no a la piratería”, pero ambos sabíamos que mentía. Los dos decidimos creernos mi mentira, como si viviéramos en un matrimonio feliz.

Ya sin ánimos de discutir, recordé que dos amigos escritores me contaban que estaban casi decepcionados porque sus libros no salían en versión trucha. Recordé también cómo ahorraba dinero para comprarme un libro original y miraba por encima del hombro a quienes no lo hacían...

En un país utópico y feliz sería ideal que la cultura sea más accesible para todos. Sin embargo, por el momento y por cómo están dadas las cosas, habrá que pagar más por estar al lado de las leyes.

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