Columnistas

Planificación y desarrollo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez *

00:32 / 10 de septiembre de 2019

En Bolivia existe planificación urbana y territorial; elaborada por oficinas estatales, municipales o de cooperación con todo: normativas, políticas públicas, planes de uso de suelo y reglamentos para su aplicación. Entonces ¿por qué no se cumple? ¿Por qué nuestras ciudades se atiborran y arden nuestros territorios? A continuación, presento dos posibles respuestas para estas interrogantes.

i) Por falta de decisión política en contra de los intereses globales. Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se rindió ante el mito del desarrollo y el paradigma de la modernidad que promovieron, desde la izquierda o la derecha, las potencias vencedoras. Desde entonces, nadie quiere ser “subdesarrollado”. Todos olvidamos nuestras particularidades culturales, las tradiciones locales o los legados milenarios para lograr el ansiado desarrollo material. En Oriente u Occidente, en el norte o en el sur, no existe otro paradigma que no sea el modelo extractivista, depredador y de acumulación material.

Bajo estas condiciones objetivas y subjetivas, la planificación en Bolivia fue proyectando objetivos altruistas (casi ingenuos) sin considerar el mercado global que lucra, despiadadamente, con el espacio urbano o territorial. En el sistema presente, llamado capitalismo global, las autonomías territoriales o la soberanía son entelequias. Ese mercado planetario ha desterritorializado a los bolivianos y bolivianas. En otros términos: nuestro suelo, entendido como mercancía para la reproducción del capital, ya no nos pertenece. Forma parte de intereses globales que sonríen ante las consignas panfletarias, los puños levantados, las rimbombantes declaraciones en cumbres o pactos, y ante las elucubraciones de un extractivismo temporal. Giramos alrededor de ese mercado sin capacidad para proyectar, con pensamientos propios, nuestro futuro.

ii) Por falta de una educación milenarista del pueblo y sus gobernantes. Toda planificación debe buscar el bienestar de la población en equilibrio con su medio ambiente. Eso lo percibe la juventud. Pero, como los desafíos ahora son gigantescos y nuestra generación tiene una comprensión limitada, se relegan modelos alternativos de desarrollo. Nos interesa más el encono político que una formación integral y humanista de la ciudadanía y gobernantes. A ello se suma la revolución tecnológica, que narcotiza a hombres y mujeres sin sentido crítico; y tenemos un resultado: estamos en Babia. No entendemos la magnitud de los desafíos milenaristas.

Por ello, las TIC, que son manipuladas irresponsablemente por politiqueros trasnochados, envilecen a una población, que tiene altos índices de analfabetismo funcional, con rancias ideologías y consumismo depredador.

* es arquitecto

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