Columnistas

Poética del teleférico

La Razón (Edición Impresa) / La que nos cante - Cergio Prudencio

00:00 / 18 de mayo de 2014

La Paz es una ciudad para mirar, seductora por donde se la mire. A lo lejos, de arriba o de abajo, entre la niebla, de noche, al amanecer, en sol de invierno, en tormenta, al abrazo de la cordillera, y hasta en ausencia. La miramos.

Ciudad de miradores establecidos por la geografía y —sobre todo— por la persistencia humana de contemplar sus profundidades, sus alturas, sus insinuaciones, sus luces, su violencia, sus enigmas y significados. Subimos a los cerros, buscamos una cima, seguimos curso aguas abajo, para mirar y mirar la ciudad engendrada en el seno insólito de su matriz telúrica.

Por eso la arquitectura de La Paz se yergue siempre sobre dos anhelos: el rayo solar y la vista. Calor y contemplación, necesidades irrenunciables para el habitante de estos laberintos entretejidos. Lo mismo la ventanita tímida de la ladera que los ventanales ostentosos de la urbanización se han abierto por el apremio de mirar, ya sea la ladera opuesta, el nevado tutelar o el bosquecillo, el tránsito irrefrenable o la salida de la luna. Imágenes e imágenes, inagotables en las mutaciones del tiempo, desde el minuto hasta los siglos.

El arte no se ha cansado de mirar la ciudad, de atraparla en sus gestos más intrínsecos y en sus emociones más subjetivas. Poetas y errantes de la palabra, del color y del sonido, deslumbrados por alucinadas escenas, han militado en el sueño de redescubrir la ciudad desde renovadas perspectivas. Siempre me pregunté desde qué ángulo impensable pudo haber mirado Arturo Borda su Illimani más famoso para pintarlo con certidumbre fotográfica. La exacerbación de mirar debe haberlo llevado hacia un mirador excepcional,  interior tal vez.

De ese impulso ancestral llega en verdad el teleférico. Es su apoteosis, como si de pronto todos los miradores Killi-Killi, Jachha Kollo, El Calvario, Pampajasi, Laikakota, Auquisamaña, El Montículo... se desprendieran de sí mismos y se dieran a flotar sobre la urbe acarreando a sus incrédulas gentes hacia la revelación de insospechadas calles, de horizontes imposibles y de fascinantes visiones. Es la consagración idílica de transitar La Paz por sus cielos. Es el sueño —no importa si por diez minutos— de ser inmunes a la gravedad magnética del monstruo devorador. Es jugar a superiores ante la superioridad de la montaña. Es expandir la hoyada a dimensión esférica. Es tocar el sol. Es sobrevolar (con desplante) los tiempos sobrepuestos del Chuquiawu Marka: los de octubre, los de las barricadas de Todos Santos, los del Sudamericano del 63, los de la rebelión de la Villa Victoria, los de las despedidas a la tropa del Chaco, los del tranvía, los del cerco del siglo XVIII, los de la fundación sobre lo ya fundado, los del cataclismo geológico.

El teleférico nos lanza a este espacio vertiginoso y —además— a historias inherentes, acumuladas. Explosivamente multiplica las imágenes de La Paz, revelando unas novísimas, y repasando a su vez las del antaño. Más aún, le pone alas al temperamento paceño (tan anclado en tierra) revolviendo en su psicología indescifrable, y en las honduras de su imaginario. Ahora sí que haremos otras fiestas, nuevas entradas y procesiones; qué cosas no inventaremos. Y solo por mirar lo no mirado nos miraremos distinto. Por ahí, hasta bien otra clase nos volvemos.

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