Columnistas

Política de la plaza

Se requiere evolucionar con nuevos significados en los espacios públicos que cautiven a la ciudadanía.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

00:27 / 04 de agosto de 2016

Cuando uno piensa en las plazas y su valor en la ciudad, detecta cómo se han mantenido en el tiempo y el espacio y cómo fueron edificadas. Quizá éste sea el motivo para que muchas estén en la mira para su transformación en las metrópolis. Sin embargo, esto exige una apuesta sobre lo que se debiera hacer y cómo lograr su evolución para su integración en los nuevos planes urbanos.

En la actualidad, los grandes parques forman parte indiscutible del diseño de la ciudad contemporánea, la cual demanda importantes extensiones de áreas verdes que cumplan con la función esencial de pulmones urbanos, ya que el medio ambiente está siendo cada vez más dañado por la poderosa industria que allí se asienta (es el caso de Asia).

Asimismo, esas metrópolis están adoptando los sectores verdes como un espacio primordial de esparcimiento ciudadano, pero haciendo desaparecer las plazas, y con ello, negando la posibilidad de que los cuerpos sean parte de esa singular expresión de la vida urbana, que es el encuentro entre la ciudadanía. Algo poco probable en esos parques por sus grandes dimensiones.

No se debe olvidar, empero, que toda plaza supera cualquier tesis del porqué de su existencia en una ciudad; y mucho más si se refiere a su principio de sociabilidad en la metrópolis contemporánea. Y es que ello no debiera estar en tela de juicio, sino el cómo cualificar ese espacio con nuevos conceptos y principios que se hacen patentes con el devenir de los tiempos. Quizá la depreciación de su valor radica hoy en sepultar a la época moderna dentro de sus aciertos, como la vida de la plaza, y con ello, desplazar definitivamente al pasado a la ciudad centralizada, para así consolidar a la nueva urbe contemporánea (siglo XXI) con otros posibles espacios públicos por nacer.

Es evidente que la política de la plaza aún demuestra que todo individuo, habitante o ciudadano no ha dejado de elegir y fundamentalmente significar y legislar sus lugares preferidos. Con ello se comprueba que quien dota de significación a los espacios públicos es el habitante, aquel usuario que encuentra en ese gran espacio de recepción de las ciudades (la plaza) el atractivo suficiente que seduce a niños, ancianos, artistas, vagabundos y minusválidos, entre otros.

Hoy, sin embargo, se requiere evolucionar con nuevos significados que cautiven a los jóvenes. Esto porque todo espacio público no subsiste por sí solo y menos siendo únicamente un área abstracta de ciertos sectores urbanos; por el contrario, ese espacio comunicacional (con una organización singular de hechos que allí suceden) lo construye la ciudadanía.

No cabe duda que tanto la plaza como el parque son importantes en las ciudades, ya que si desaparece la primera, negaría el sentido de relacionamiento que produce en sus habitantes; y si el segundo se construye solo como un gran espacio verde y no conlleva actividades creativas que atraigan a la población, se convertirá con el tiempo en un espacio de nadie.

Esta realidad señala que a una población no se le puede imponer una supuesta vida urbana y menos ciertos espacios concebidos de memoria, que olviden todo hábito y tradición que conlleva una sociedad. Es decir, espacios públicos engañosamente pensados para reflejar una ciudad sin expresión de sociedad.  Recordemos que toda subjetivación es capaz de transmitir los anhelos y sueños de los habitantes, un requisito innegociable de la política de la plaza.

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