Columnistas

Políticas y pasiones

En la Constitución de 1826 las mujeres fueron excluidas del ejercicio de los derechos políticos y civiles.

La Razón (Edición Impresa) / Gustavo Rodríguez

01:00 / 18 de agosto de 2013

Las mujeres bolivianas ejercieron el voto por primera vez en 1956, fruto de las transformaciones de 1952. En el pacto traducido en la Constitución de 1826 ellas fueron excluidas del ejercicio de los derechos políticos y civiles, al ser consideradas menores de edad y sujetas, por tanto, a la potestad indiscutible del padre o del esposo. Las guerreras y guerrilleras envainaron entonces sus armas y regresaron a sus hogares y sus utensilios domésticos. El sexo se convirtió en un límite infranqueable para ingresar en la escena política.

Poco cambió la situación hasta que la crisis de la sociedad señorial trajo, en la posguerra del Chaco, un ambiente de renovación. Muchas mujeres, principalmente de clase media, participaron entonces en corrientes marxistas y nacionalistas, que desafiaron el orden establecido. Sus demandas abrieron espacios, pero no todos los necesarios, en la machista cultura política, que no pudo desprenderse de los roles sociales asignados a las mujeres. Entre 1945 y 1946, por ejemplo, se discutió en el hemiciclo parlamentario la posibilidad de dar votos a las mujeres letradas. Muchos convencionales argumentaron en contra, aduciendo que las mujeres no gozaban de libertad de pensamiento, por lo que, a tiempo de concurrir a las urnas, obedecerían la voluntad de sus cónyuges. Se acordó, finalmente, otorgarles derechos a nivel de municipio, pues se consideró que sus competencias (salud, educación, aseo, etc.) coincidían con la “naturaleza” femenina. Otro campo, el de la batalla de la gran política, era de exclusividad masculina.

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces, y las mujeres se han empoderado y hoy juegan un rol activo en nuestra agitada vida política, con inteligencia y sobrada independencia. Empero, la suerte de las mujeres que traspasan el ámbito privado y trastocan su identidad para convertirse en mujeres públicas es más compleja de lo que parece. No sólo que este trascendental paso que rompe las fronteras y los imaginarios más profundos de lo que se considera femenino acontece sin la investidura de sus homólogos varones (esto es sin poseer un capital de autoridad similar), sino que cuando lo hacen carecen de legitimidad propia. La sombra de pertenecer a alguien o ser de alguien acompañará, pues, sus pasos y sus acciones, y pondrá la rúbrica a sus palabras cuando, por ejemplo, hagan política. La imagen del esposo o el eco de un eventual amante parecerán guiar el tono de sus disquisiciones o su disidencia política en los espacios de deliberación.

Entre tanto, los varones, que nos creemos seres históricos, sujetos racionales y portadores de todas las convicciones, mantendríamos nuestra frialdad e identidad incólume y a rajatabla. Siguiendo los estereotipos patriarcales tan arraigados en nuestro medio, la disonancia entre estas voces terminará dirimiéndose con la transformación de la mujer en un objeto manipulable masculino. Finalmente el sujeto portador de convicciones es siempre masculino. Desde esta lógica patriarcal y colonizadora, las mujeres, al parecer, sólo pueden pensar con la vagina o sus pasiones. Por ejemplo no es raro que una mujer política se convierta en sospechosa de traición o mutación cuando el sujeto que del que (se dice) convive con ella profesa una ideología de otro signo, pues pueden ser víctimas de negros amores (¿O estamos en desacuerdo?).

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